Segunda parte: Esperando en silencio
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Quiero que se imaginen varias situaciones para que entiendan cómo percibimos el tiempo de manera diferente.
Piensen en los últimos 10 segundos de un partido de fútbol donde Colombia está ganando 2-1. Los narradores dicen: "Sí, sí, está atacando, pero ya vamos en los últimos 10 segundos." ¿Cómo viven ustedes esos segundos? Algunos lo vivieron hoy.
Ahora imaginen que van camino al aeropuerto para el viaje de sus sueños. Salen tarde, hay una marcha, se retrasan en seguridad, pero cuando llegan al gate, ya no hay gente en fila. Una azafata agarra el radio y dice: "En 10 segundos cierro el vuelo." Ustedes están corriendo. ¿Qué sienten en esos 10 segundos?
Otra escena: están en la sala de espera de una clínica. Alguien que aman está en cirugía de urgencias. Han pasado 6 horas y por fin se abre la puerta. Sale el cirujano quitándose el tapabocas y su gorro de cirugía. Toma 10 segundos antes de decir el resultado. ¿Cómo perciben esos 10 segundos?
En la física, el tiempo es el mismo. Diez segundos son diez tic-tac en el reloj. Pero la percepción que tenemos del tiempo es subjetiva. El cerebro procesa el tiempo dependiendo de la emoción que implica una situación.
Cuando tenemos miedo o hay mucho estrés o algo nos duele, la percepción del tiempo es que todo va en cámara lenta. Aunque afuera el tiempo sea el mismo, cuando algo nos duele o nos estresa, todo es más lento.
Cuando estamos aburridos, cuando nuestro cerebro no se conecta y no hay nada que nos llame la atención, el efecto es de eternidad. No solo es cámara lenta, sino algo muy largo.
Cuando estamos felices, cuando hay algo que atrae nuestra atención, se nos pasa todo rápidamente. Para un atleta o un nadador en las olimpiadas, dos segundos pueden determinar si gana una medalla o rompe un récord. La percepción del tiempo es distinta para cada uno.
Para algunos estar en un ascensor atrapados 15 minutos no es nada, pero para los que sufren claustrofobia es una eternidad. Una hora en una comida con amigos se nos pasa rápido. Pero una hora en una clase con un profesor patético... ustedes miran el reloj cada dos segundos.
Seis o siete horas de sueño muchas veces se nos pasan rápido. Suena el despertador y ya pasaron. Pero las mismas seis o siete horas cuando tu hijo tiene fiebre es una noche bastante larga. El trayecto para llegar a la finca donde vamos a pasar vacaciones. Para nosotros los adultos es un tiempo normal, pero para los niños que van atrás: "¿Y qué es lo que ellos nos dicen? Ya llegamos. ¿Cuánto falta? Ya vamos a llegar." Y ni siquiera han salido de Bogotá.
Por eso quiero que tenemos claro el concepto de cómo se percibe el tiempo. Porque la percepción subjetiva del tiempo muchas veces afecta nuestra fe.
Hoy vamos a hablar del milagro de saber esperar. Los dos versículos claves de esta predicación son:
Pacientemente esperé a Jehová y se inclinó a mí y oyó mi clamor. (Salmo 40)
Espera con paciencia al Señor, sé valiente y esforzado. (Salmo 27)
¿Te gusta esperar, iglesia? Siguiente pregunta: ¿te gusta esperar pacientemente? Terrible.
El tiempo de espera es una invitación que Dios nos hace a nosotros para confiar en él. Por eso el Salmo 31 dice: "En tu mano están mis tiempos."
Hubo un hombre en la Biblia que vivió un proceso muy profundo para poder entender que aunque su percepción del tiempo quería afectar su fe, él necesitaba resolver que una cosa era el tiempo de él y otra cosa lo que Dios estaba haciendo mientras él esperaba. Fue el profeta Habacuc.
Habacuc estaba pasando por dos situaciones muy difíciles. Está en medio de Judá y por un lado hay una situación externa: Babilonia está amenazándolos con invadirlos. Eso generaba mucha presión y temía por su pueblo.
Pero adicionalmente había una circunstancia interna en Judá: el sistema legal era corrupto y el pueblo no tenía justicia porque los jueces no obraban de manera justa.
La frustración de Habacuc es: externamente hay una amenaza de invasión e internamente estamos oprimidos también.
El libro de Habacuc solo tiene tres capítulos. Lo pueden leer mañana y dirán: "¡Wow, leí todo un libro de la Biblia!" Hay algo que él vive desde Habacuc 1 hasta Habacuc 3 en este proceso de su percepción del tiempo comparado con el tiempo de Dios.
Hay un dato interesante: el nombre Habacuc significa ceñido a Dios. Ceñir hace referencia a ajustar, apretar algo de manera cercana a nuestro cuerpo. O sea, el nombre de Habacuc significaba: estoy apretado, estoy justo con Dios, estoy cerca de él. Pero solo al final logró encontrar esa identidad que Dios le había dado en su nombre.
Al principio, ceñido... nada. Él no quería seguir esperando más.
En el capítulo uno está registrado como "La queja de Habacuc." Y aquí encontramos su primer reclamo:
¿Hasta cuándo?
Él necesitaba decir: ¿Hasta cuándo Babilonia nos va a amenazar? ¿Hasta cuándo la opresión internamente permanece?
En el mismo capítulo aparece otro título: "Segunda queja de Habacuc." Y en esta él expresa:
¿Permitirás que se salgan con la suya para siempre? ¿Tendrán siempre éxito en sus conquistas despiadadas?
Hay algo que a mí me encanta de la palabra de Dios y es que permite que encontremos la humanidad de los personajes. Dios permite en la Biblia que veamos a personas de fe registrando sus quejas. No son personajes perfectos que uno dice: "¿Y cuándo yo seré como él?" No. Dios dice: "Lee la Biblia y me conoces a mí. Pero también tú vas a entender lo que te pasa, porque muchos otros lo han pasado."
Vemos en Habacuc un hombre que puede quejarse delante de Dios, que puede decir: "No solo hasta cuándo, sino ¿permitirás? ¿No vas a actuar?" Su percepción del tiempo le estaba haciendo creer que Dios no estaba haciendo nada, que era indiferente al dolor de su nación.
Pero de repente hay un salto. En el tercer capítulo de Habacuc hay un título que dice: "Oración de Habacuc."
Entramos con primera queja, segunda queja, y hay un salto en la historia que dice: oración. Dios sabe que en la espera que te está llevando a desarrollar paciencia, puedes desahogarte y presentar tus quejas. Pero la tentación que tenemos que vencer es no quedarnos en la queja.
No puedes quedarte en Habacuc, capítulo 1. Tú y yo necesitamos ir a Habacuc 3, donde ya no nos quejamos, sino que oramos.
Habacuc empieza a declarar con la boca:
He oído todo acerca de ti, Señor. Estoy maravillado por tus hechos asombrosos. En este momento de profunda necesidad, ayúdanos otra vez como lo hiciste en el pasado.
Ya su boca no confiesa "hasta cuándo" y "¿por qué no vas a hacer nada?" De repente reacciona y dice: "Tú nos has ayudado en el pasado. Tú nos trajiste hasta aquí. ¿Nos podrías ayudar otra vez?"
Es el cambio de la queja a la oración.
Y lo siguiente que hace es que empieza a confesar seguridad y fe:
Saliste a rescatar a tu pueblo elegido, a salvar a tus ungidos. Aplastaste las cabezas de los perversos, pisoteaste el mar con tus caballos y las potentes aguas se amontonaron.
Ya no solo dice: "Tú me ayudaste en el pasado, ayúdame otra vez." Ahora dice: "¡Wow! Tú aplastaste a los malos y viniste a rescatar a tus ungidos." Empieza a confesar victoria, no solo quién es Dios, sino la victoria que por fe está declarando.
En el mismo capítulo donde está orando, de repente aparece un tesoro. El versículo 16:
Esperaré en silencio el día venidero.
No nos gusta esperar. Todos lo reconocimos. Esperar con paciencia es más difícil, ¿cierto? Pero quiero darles una noticia. Habacuc nos está llevando a un nivel mayor: no solo espero con paciencia, sino ahora en silencio.
Fíjense el orden de la predicación: queja uno, queja dos, oración, silencio. Ese es el milagro de la espera: cuando no solo somos pacientes, sino que esperamos en silencio.
Cuando estábamos de novios con mi esposo, el trabajo de él era fuera de Bogotá. Todas las semanas estaba en una ciudad diferente y los fines de semana particularmente era cuando más viajaba. Cuando me visitaba, llegaba con la maleta directamente del aeropuerto. Era como: "Ay, estemos un ratico." Me visitaba. Y después pedía el taxi y se iba para su casa.
Imagínense, yo llevaba días sin verlo y el fin de semana que pasan. Entonces, él llegaba y yo quería ponerme al día. Empecé a hablar: "Y pasó esto, y entonces en la familia, y entonces en la iglesia, y cómo te fue." Yo hablaba, yo hablaba, y el pobre estaba supercansado de hacer construcciones.
Un día me dijo: "Espérate," y me abrazó y me dijo: "3 minutos." Y me abrazó.
Claro, todo empezó muy romántico, pero quiero decirles que hasta el día de hoy yo no he logrado llegar a los 3 minutos. Entonces yo empezaba a esperar y de repente: "Ay, mi amor," y él siempre me decía: "Sh, 3 minutos." Ponía el reloj. Miren, nunca hasta el sol de hoy no llego a los 3 minutos. ¡Ay, qué cosa tan terrible!
Fuimos padres, crecieron nuestros hijos y nuestra hija mayor. Hay días donde hemos estado así nosotros—dolor de cabeza, estamos cansados—y ella empieza a actualizarnos. Un día mi esposo dijo: "3 minutos, mi amor, ven." Ella sabe la historia. Sabe lo de los 3 minutos. Entonces: "Mi amor, ven." Y la abrazamos. "3 minutos."
No se imaginan. Empecé a tocer. ¡No puede! Y mi esposo solo dijo: "Es tu gen, es tu gen."
El menor que ustedes saben por las prédicas, por pandemia no hablaba. Hoy en día es un loro mojado. Si está Mimi, mi fonoaudióloga de la iglesia, lo que tú profetizaste es realidad. ¡Habla como un cotorro!
Entonces, un día estaba lo mismo y nosotros así. Entonces dijimos: "3 minutos." Y la hermana mayor miraba a ver si él sí lo lograba. Le enseñaron en el colegio lenguaje de señas, empezó a hablar con las manos.
O sea, quiero decirles que es imposible. Mi esposo siempre termina perdiendo el intento.
Hay momentos donde Dios dice: "Okay, quéjate." Y después dice: "Ya ora." Pero hay momentos en el milagro de la espera donde Dios dice: "3 minutos." Y ese es el proceso del milagro de la espera.
Si estás en la queja, pasa a la oración. Si ya oraste lo que tenías que orar, tal vez Dios te está diciendo lo que le dijo a Habacuc: "Esperaré en silencio al día venidero."
Hoy con un grupo de amigos que tenemos como peticiones de oración, estamos orando por varios milagros de sanidad, estamos orando por varias cosas de expansión de la iglesia. Pero hoy se cumplen 44 días de una oración que venimos haciendo de un trámite.
Ustedes pueden decir: "Ay, 44 días." Sí, pero nos habían dicho que ese trámite duraba 8 horas, después 24 horas. Vamos en el día 44.
En este proceso, a todos Dios nos ha hablado de algo, y sin duda alguna a mí también. Porque en diferentes momentos de mi vida donde he tenido que esperar, he entendido que hay un fruto del Espíritu Santo que solo en la espera se forma, y es la paciencia.
Necesitamos tener el equilibrio entre los dones del Espíritu Santo y el fruto. Conozco personas donde el fruto es muy notorio, pero cuando hablamos de los dones no están cojos. Pero a veces Dios nos usa en dones y Dios necesita equilibrarnos con el fruto.
Muchas veces el milagro de la espera es que Dios te está llevando a florecer en paciencia, que es uno de esos indicadores del fruto del Espíritu Santo. Porque ese fruto de paciencia te está llevando a recibir el don de la fe—no la fe natural, sino el don de poder, que se llama fe para hacer sanidades y milagros.
Tú no puedes recibir un don sobrenatural de fe si no fuiste paciente. Porque para recibir el don necesitas creer sin ver. Posiblemente eso que se está gestando en ti es porque viene el don de fe, pero necesitas desarrollar un carácter paciente.
La inmadurez no sirve y no te hace efectivo en el llamado de Dios. No podemos seguir en la silla de atrás diciéndole a Dios: "Ya llegamos. ¿Cuánto falta?"
Imagínense que hay amigos que tienen hijos más grandes y me dicen: "Tranquila, hay un momento donde los niños, aunque siguen siendo niños, ya crecen un poco más y dejan de preguntar. Empiezan a pedir las canciones que quieren oír, se duermen, comen y miran por la ventana y disfrutan. Ya entienden que el que conduce va a llegar." Es un tema de madurez en carácter.
Hay dos maneras de ver los milagros en el mundo terráqueo, en el mundo natural. Cuando llega esa respuesta, ese empleo, ese bebé que estabas esperando, ese trabajo por el cual venías orando, nosotros celebramos el milagro. "¡Wow! Se sanó el cáncer. ¡Wow! Ya viene un bebé. ¡Wow! Se restauró tu familia."
Pero en el cielo la celebración no es esa.
Cuando nosotros celebramos aquí eso, la celebración del cielo que tiene Dios con sus ángeles es: "¡Wow! Se aprendió a callarse 3 minutos. Ese es el milagro desde la perspectiva del cielo."
"¡Wow! Logró crecer en paciencia. ¡Wow! Se volvió más humilde sin milagro. Ese es el milagro en el cielo de lo que Dios está formando en ti.
Por eso Colosenses dice: "Pongan la mira en las cosas del cielo y no en las cosas de la tierra."
Habacuc tuvo que entender que su percepción del tiempo necesitaba rendirla al Señor y recordar que en el pasado Dios había estado, que iba a estar en el presente y en el futuro. Pero él no podía seguir en sus fuerzas buscando presionar al Señor. El Señor sabía los tiempos.
Y ahí empieza a ceñirse en Dios.
El milagro de la espera es cuando tú entiendes que te ciñes a la promesa, que te ciñes a su presencia. Por eso no puedes perder la esperanza. Tienes que guardar la semilla que está sembrada en tu fe.
Tienes que quitarle las espinas, sacudir los pájaros, todo aquello que quiere robarse la semilla. Tienes que sacudírtelo. Porque en el milagro de la espera tienes que atesorar lo que Dios ya te había dicho y confiar en que Dios está manejando, sabe el destino y sabe el tiempo para llevarte a ese lugar.
¿Qué ocurre en el milagro de la espera? Se forma nuestro carácter porque crecemos en paciencia. Santiago dice:
Bien saben que cuando su fe es puesta a prueba, produce paciencia.
Pero lo segundo que ocurre en el milagro de la espera es que Dios nos unge con el poder de su Espíritu.
Jesús le anuncia a sus discípulos: "Yo voy a morir. Ustedes no pueden hacer nada hasta que sean revestidos del poder de lo alto. No hago nada hasta que sean revestidos del poder de lo alto." Y no entra a darles más detalles.
Lo único que les dice es: "Hay alguien que es mayor que yo que va a venir." No les dice el nombre. No les dice cómo va a venir. No les dice: "Miren, en tal fecha va a ser. Son tantos días de espera. Van a hablar en lenguas."
No. Solo les dice: "Quédense quietos, sean pacientes y no hagan nada hasta que sean revestidos del poder de lo alto."
Ustedes vean lo que fue eso de los discípulos. ¿Cómo así que poder de lo alto? ¿Cómo va a ser? Y fueron más de 44 días.
Pero cuando pasa la visitación del Espíritu Santo, el hombre que negó a Jesús tres veces hace una prédica y se convierten 3000 en ese día. Pueden soportar la persecución. Extienden el evangelio a las naciones.
Hay una autoridad que se está gestando en ti. Hay una unción que se está gestando en ti en el milagro de la espera. Es un poder de lo alto que solo ocurre si dejas de quejarte, pasas a la oración y aprendes a esperar pacientemente en el silencio.
Hay una unción que viene en este proceso.
Cuando recibimos el poder de lo alto, tú puedes pensar que el silencio es la ausencia de Dios. No. Dios está trabajando. Mientras ellos estaban esperando algo que ni entendían que iba a pasar, Dios estaba preparando toda esa visitación del Espíritu Santo.
Dios está trabajando en lo que viene para ungirte, para el lugar que él tiene para ti, para que tú extiendas el reino de los cielos.
Entonces, la pregunta es: mientras espero en silencio, ¿qué está saliendo de mi interior?
Porque en Habacuc salió la queja. "¿Hasta cuándo? ¿Por qué no actúas?"
En mi vida los procesos de espera han sacado muchas inseguridades. Salen los miedos ahí. Yo lo que siento es que lo percudido sale bajo esa presión de la espera. Tiene que salir el miedo, la cobardía, esa inseguridad.
Y ahí ocurre otra de las cosas en la espera. No solo se nos forma el carácter, no solo somos ungidos, sino que somos limpiados. Lo percudido, el miedo, lo que sale en la espera se va.
Como nos lo ha predicado varias veces el pastor Andrés, Dios no pone su visión. Yo le añadiría: Dios no pone su unción en un vaso sucio.
Entonces, en esa presión eres limpio porque sale eso, sale la queja, sale el miedo, sale la cobardía.
Pero el silencio no es ausencia de Dios, no son malas noticias. Por eso necesitas cuidar la promesa.
¿Qué debo hacer mientras espero el milagro? El Salmo 37 dice:
No te enojes por causa de los malvados, ni sientas envidia de los malhechores, pues son como la hierba que al cortarla pronto se seca. Tú debes confiar en Dios. Dedícate a hacer el bien, estableécete en la tierra y mantente fiel a Dios.
Eso es lo que tenemos que hacer.
El silencio es un abono que está procesando esa semilla que va a florecer. Dios está trabajando en nuestra vida.
Por eso lo siguiente que quiero preguntarte es: ¿Dios te ve confiable mientras esperas?
Porque hay una diferencia entre que tú digas: "Yo confío en Dios," y otra, que Dios sea el que diga: "Yo confío en Juliana. Yo confío en ti."
Es muy distinto. Tú puedes decir: "Uy, yo confío en Dios." Pero... ¿será que Dios puede decir: "Uy, esta es confiable?"
Yo hoy les puedo decir: a mí me han quitado muchas cosas, pero algo que nadie me va a robar es que yo he sido formada en ser confiable para Dios.
Tú puedes decir que Dios confía en ti. Quiero que lo pienses, porque ahí es lo que Dios está procesando en tu vida.
Por eso la Biblia dice:
Bueno es esperar en silencio la salvación de Jehová. Mas los que esperan en Jehová tendrán nuevas fuerzas. Levantarán alas como las águilas, correrán y no se cansarán, caminarán y no se fatigarán.
Y Habacuc dice:
Aunque la visión tarde en cumplirse, se cumplirá su tiempo, no fallará. Aunque tarde, espérala, porque sin duda vendrá, no tardará.
Vamos a llegar. No tienes que estar preguntando: "¿Cuánto falta? Ya vamos a llegar. ¿Cuántos son 5 minutos?" Tu milagro está en camino.
Pero necesitas pacientemente esperar a Jehová y esperar en silencio el día venidero. Rendir tus tiempos en el altar del Señor.
Cuando termine esta prédica en el mundo natural, en tu calendario, tal vez esa situación sigue. Pero tu perspectiva del tiempo sí tiene que cambiar y entender lo que Dios está haciendo en ti en el milagro de la espera.
Habacuc cierra ceñido a Dios—a la fe y a la esperanza—declarando:
Con todo yo me alegraré en Jehová, me gozaré en el Dios de mi salvación. Jehová el Señor es mi fortaleza. Él me da pies como de siervas y me hace caminar por las alturas.
Porque no solo somos formados en carácter, no solo somos ungidos, no solo nos limpia, sino que nos está entrenando para los lugares altos.
Por eso Habacuc dice: "Y podré estar en lugares altos como una sierva."
Estás aprendiendo, estás siendo entrenada para ser ungida. Estás desarrollando no solo el fruto de la paciencia, sino que estás en el camino para que venga un poder de lo alto—dones de poder que necesitamos para las naciones y extender el reino.
Por eso hoy necesitamos confiar en el Señor y esperar en silencio pacientemente.
Pongámonos en pie. Cierra tus ojos ahí, iglesia.
Tal vez estás como Habacuc, con dos luchas a la vez. Algo externo, pero también internamente otra variable. No solo es un problema, son varios. Y así estaba Habacuc.
Señor, queremos aprender a confiar en tus tiempos, en ese silencio que a veces quiere atacar nuestra fe. Pero tú nos dices: "Yo sí estoy y estoy actuando."
Queremos poder orar y soltar la queja y decirte: "Pacientemente esperé al Señor. Y él se inclinó a mí y oyó mi oración y me respondió."
Pero Señor, hoy queremos ser honestos y decirte: hay inseguridad, hay miedo. Y Dios nos permite tener ese primer capítulo de Habacuc, iglesia, donde tú le puedes decir: "Es difícil. No entiendo. Hay miedo, hay un hasta cuándo, hay un ¿Dónde estás? Que no te veo. Yo sé que estás, pero pareciera que no estás."
Y el Señor no te juzga. El Señor te entiende así como entendió a Habacuc.
Pero hoy el Señor quiere que tú salgas de ese lugar y empieces a orar recordando lo que él ha hecho antes. Recordando que hasta aquí nos ha traído el Señor. Recordando que él ha hecho obras maravillosas antes. Recordando que él es el Dios de todos los tiempos y que él nos ama.
Señor, yo hoy te pido que podamos dar el giro en nuestra relación contigo, donde salimos del desahogo de las preguntas, de todo eso percudido que sale del miedo, de la inseguridad. Y que podamos empezar a construir ese capítulo que dice: la oración.
Piensa en tu nombre. Hoy, Señor, yo decido orar. Hoy yo decido mirarte a ti, Señor, al que hoy adoramos diciendo que eres digno. Hoy yo quiero poner mis ojos en ti, Jesús, y decirte: yo confío en ti, Señor.
Hoy quiero obedecer, Señor. Perdóname por presionar. Perdóname por llevarte la cuenta y decirte: "Es que mira todos estos años. Es que mira los meses. Perdóname porque no confío en que tú sabes el destino y tú sabes conducir."
Hoy te entregamos nuestra inmadurez y te entregamos esa percepción del tiempo que se nos hace tan largo cuando hay miedo, cuando no vemos el destino, Señor.
Pero hoy queremos confiar en ti. Y yo te pido, Señor, que podamos ser pacientes y ser revestidos con tu poder, Espíritu Santo.
Hoy quiero que pienses en eso: en que hay una cita donde el Señor te dice: "No hagas nada. Confía." Pero en esa espera hay un poder de lo alto que quiero impartir sobre tu vida para que tengas un antes y un después. Para que los años en los cuales me negaste, o en los cuales eras impulsivo, queden atrás. Y seas ese Pedro que ahora predica en medio de la persecución.
Hay una autoridad que estoy formando en ti. Hay una unción que estoy destilando en ti en este tiempo. Hay una paciencia que necesito que tengas para que crezcas y no seas una niña, no seas un niño.
Señor, hoy decidimos confiar en ti. Hoy decidimos alegrarnos porque estamos siendo entrenados por el mejor papá, el mejor maestro de milagros.
Hoy, en el nombre de Jesús, yo me sacudo toda ansiedad. Y vas a empezar a entregar todo eso que te ha querido robar la promesa del milagro que estás esperando. Todos esos espinos que están ahogando la semilla de la fe. Todo esos pájaros que vienen a robarse la semilla.
Hoy, en el nombre de Jesús, yo renuncio a todo lo que quiere traer incredulidad, todo lo que quiere traer desesperanza, afán, ansiedad, todo lo que quiere apagar la fe.
Hoy, en el nombre de Jesús, renunciamos a todo agotamiento espiritual, a todo lo que quiere decirme que Dios no está, que el silencio es malo, que el silencio es un indicador de malas noticias.
Hoy se va toda mentira en contra de mi Dios, todo lo que quiere matar mi fe. Hoy, en el nombre de Jesús, nos despojamos de esa ansiedad, de esa intimidación, de ese miedo, Señor.
Y hoy decidimos creer lo que dice el salmista: "Pacientemente esperamos al Señor y tú te inclinas a nosotros y oyes nuestro clamor."
Hoy decidimos creer que esperamos en silencio el día venidero.
Y voy a alzar tus manos, iglesia. Y vamos a creer que Dios está ahí. Y vas a guardar unos minutos de silencio. No vas a orar. Solo dile: "Aquí estoy. Esperaré en silencio el día venidero."
El Señor te dice: "Tú debes confiar en mí. Dedícate a hacer el bien. Establécete en la tierra y mantente fiel."
Señor, hoy descansamos y decidimos soltar el calendario y nuestro reloj. Y empezar a ver el paisaje por la ventana. Podemos incluso dormir tranquilos mientras tú nos llevas al destino, papá.
Quiero que se imaginen varias situaciones para que entiendan cómo percibimos el tiempo de manera diferente.
Piensen en los últimos 10 segundos de un partido de fútbol donde Colombia está ganando 2-1. Los narradores dicen: "Sí, sí, está atacando, pero ya vamos en los últimos 10 segundos." ¿Cómo viven ustedes esos segundos? Algunos lo vivieron hoy.
Ahora imaginen que van camino al aeropuerto para el viaje de sus sueños. Salen tarde, hay una marcha, se retrasan en seguridad, pero cuando llegan al gate, ya no hay gente en fila. Una azafata agarra el radio y dice: "En 10 segundos cierro el vuelo." Ustedes están corriendo. ¿Qué sienten en esos 10 segundos?
Otra escena: están en la sala de espera de una clínica. Alguien que aman está en cirugía de urgencias. Han pasado 6 horas y por fin se abre la puerta. Sale el cirujano quitándose el tapabocas y su gorro de cirugía. Toma 10 segundos antes de decir el resultado. ¿Cómo perciben esos 10 segundos?
En la física, el tiempo es el mismo. Diez segundos son diez tic-tac en el reloj. Pero la percepción que tenemos del tiempo es subjetiva. El cerebro procesa el tiempo dependiendo de la emoción que implica una situación.
Cuando tenemos miedo o hay mucho estrés o algo nos duele, la percepción del tiempo es que todo va en cámara lenta. Aunque afuera el tiempo sea el mismo, cuando algo nos duele o nos estresa, todo es más lento.
Cuando estamos aburridos, cuando nuestro cerebro no se conecta y no hay nada que nos llame la atención, el efecto es de eternidad. No solo es cámara lenta, sino algo muy largo.
Cuando estamos felices, cuando hay algo que atrae nuestra atención, se nos pasa todo rápidamente. Para un atleta o un nadador en las olimpiadas, dos segundos pueden determinar si gana una medalla o rompe un récord. La percepción del tiempo es distinta para cada uno.
Para algunos estar en un ascensor atrapados 15 minutos no es nada, pero para los que sufren claustrofobia es una eternidad. Una hora en una comida con amigos se nos pasa rápido. Pero una hora en una clase con un profesor patético... ustedes miran el reloj cada dos segundos.
Seis o siete horas de sueño muchas veces se nos pasan rápido. Suena el despertador y ya pasaron. Pero las mismas seis o siete horas cuando tu hijo tiene fiebre es una noche bastante larga. El trayecto para llegar a la finca donde vamos a pasar vacaciones. Para nosotros los adultos es un tiempo normal, pero para los niños que van atrás: "¿Y qué es lo que ellos nos dicen? Ya llegamos. ¿Cuánto falta? Ya vamos a llegar." Y ni siquiera han salido de Bogotá.
Por eso quiero que tenemos claro el concepto de cómo se percibe el tiempo. Porque la percepción subjetiva del tiempo muchas veces afecta nuestra fe.
Hoy vamos a hablar del milagro de saber esperar. Los dos versículos claves de esta predicación son:
Pacientemente esperé a Jehová y se inclinó a mí y oyó mi clamor. (Salmo 40)
Espera con paciencia al Señor, sé valiente y esforzado. (Salmo 27)
¿Te gusta esperar, iglesia? Siguiente pregunta: ¿te gusta esperar pacientemente? Terrible.
El tiempo de espera es una invitación que Dios nos hace a nosotros para confiar en él. Por eso el Salmo 31 dice: "En tu mano están mis tiempos."
Hubo un hombre en la Biblia que vivió un proceso muy profundo para poder entender que aunque su percepción del tiempo quería afectar su fe, él necesitaba resolver que una cosa era el tiempo de él y otra cosa lo que Dios estaba haciendo mientras él esperaba. Fue el profeta Habacuc.
Habacuc estaba pasando por dos situaciones muy difíciles. Está en medio de Judá y por un lado hay una situación externa: Babilonia está amenazándolos con invadirlos. Eso generaba mucha presión y temía por su pueblo.
Pero adicionalmente había una circunstancia interna en Judá: el sistema legal era corrupto y el pueblo no tenía justicia porque los jueces no obraban de manera justa.
La frustración de Habacuc es: externamente hay una amenaza de invasión e internamente estamos oprimidos también.
El libro de Habacuc solo tiene tres capítulos. Lo pueden leer mañana y dirán: "¡Wow, leí todo un libro de la Biblia!" Hay algo que él vive desde Habacuc 1 hasta Habacuc 3 en este proceso de su percepción del tiempo comparado con el tiempo de Dios.
Hay un dato interesante: el nombre Habacuc significa ceñido a Dios. Ceñir hace referencia a ajustar, apretar algo de manera cercana a nuestro cuerpo. O sea, el nombre de Habacuc significaba: estoy apretado, estoy justo con Dios, estoy cerca de él. Pero solo al final logró encontrar esa identidad que Dios le había dado en su nombre.
Al principio, ceñido... nada. Él no quería seguir esperando más.
En el capítulo uno está registrado como "La queja de Habacuc." Y aquí encontramos su primer reclamo:
¿Hasta cuándo?
Él necesitaba decir: ¿Hasta cuándo Babilonia nos va a amenazar? ¿Hasta cuándo la opresión internamente permanece?
En el mismo capítulo aparece otro título: "Segunda queja de Habacuc." Y en esta él expresa:
¿Permitirás que se salgan con la suya para siempre? ¿Tendrán siempre éxito en sus conquistas despiadadas?
Hay algo que a mí me encanta de la palabra de Dios y es que permite que encontremos la humanidad de los personajes. Dios permite en la Biblia que veamos a personas de fe registrando sus quejas. No son personajes perfectos que uno dice: "¿Y cuándo yo seré como él?" No. Dios dice: "Lee la Biblia y me conoces a mí. Pero también tú vas a entender lo que te pasa, porque muchos otros lo han pasado."
Vemos en Habacuc un hombre que puede quejarse delante de Dios, que puede decir: "No solo hasta cuándo, sino ¿permitirás? ¿No vas a actuar?" Su percepción del tiempo le estaba haciendo creer que Dios no estaba haciendo nada, que era indiferente al dolor de su nación.
Pero de repente hay un salto. En el tercer capítulo de Habacuc hay un título que dice: "Oración de Habacuc."
Entramos con primera queja, segunda queja, y hay un salto en la historia que dice: oración. Dios sabe que en la espera que te está llevando a desarrollar paciencia, puedes desahogarte y presentar tus quejas. Pero la tentación que tenemos que vencer es no quedarnos en la queja.
No puedes quedarte en Habacuc, capítulo 1. Tú y yo necesitamos ir a Habacuc 3, donde ya no nos quejamos, sino que oramos.
Habacuc empieza a declarar con la boca:
He oído todo acerca de ti, Señor. Estoy maravillado por tus hechos asombrosos. En este momento de profunda necesidad, ayúdanos otra vez como lo hiciste en el pasado.
Ya su boca no confiesa "hasta cuándo" y "¿por qué no vas a hacer nada?" De repente reacciona y dice: "Tú nos has ayudado en el pasado. Tú nos trajiste hasta aquí. ¿Nos podrías ayudar otra vez?"
Es el cambio de la queja a la oración.
Y lo siguiente que hace es que empieza a confesar seguridad y fe:
Saliste a rescatar a tu pueblo elegido, a salvar a tus ungidos. Aplastaste las cabezas de los perversos, pisoteaste el mar con tus caballos y las potentes aguas se amontonaron.
Ya no solo dice: "Tú me ayudaste en el pasado, ayúdame otra vez." Ahora dice: "¡Wow! Tú aplastaste a los malos y viniste a rescatar a tus ungidos." Empieza a confesar victoria, no solo quién es Dios, sino la victoria que por fe está declarando.
En el mismo capítulo donde está orando, de repente aparece un tesoro. El versículo 16:
Esperaré en silencio el día venidero.
No nos gusta esperar. Todos lo reconocimos. Esperar con paciencia es más difícil, ¿cierto? Pero quiero darles una noticia. Habacuc nos está llevando a un nivel mayor: no solo espero con paciencia, sino ahora en silencio.
Fíjense el orden de la predicación: queja uno, queja dos, oración, silencio. Ese es el milagro de la espera: cuando no solo somos pacientes, sino que esperamos en silencio.
Cuando estábamos de novios con mi esposo, el trabajo de él era fuera de Bogotá. Todas las semanas estaba en una ciudad diferente y los fines de semana particularmente era cuando más viajaba. Cuando me visitaba, llegaba con la maleta directamente del aeropuerto. Era como: "Ay, estemos un ratico." Me visitaba. Y después pedía el taxi y se iba para su casa.
Imagínense, yo llevaba días sin verlo y el fin de semana que pasan. Entonces, él llegaba y yo quería ponerme al día. Empecé a hablar: "Y pasó esto, y entonces en la familia, y entonces en la iglesia, y cómo te fue." Yo hablaba, yo hablaba, y el pobre estaba supercansado de hacer construcciones.
Un día me dijo: "Espérate," y me abrazó y me dijo: "3 minutos." Y me abrazó.
Claro, todo empezó muy romántico, pero quiero decirles que hasta el día de hoy yo no he logrado llegar a los 3 minutos. Entonces yo empezaba a esperar y de repente: "Ay, mi amor," y él siempre me decía: "Sh, 3 minutos." Ponía el reloj. Miren, nunca hasta el sol de hoy no llego a los 3 minutos. ¡Ay, qué cosa tan terrible!
Fuimos padres, crecieron nuestros hijos y nuestra hija mayor. Hay días donde hemos estado así nosotros—dolor de cabeza, estamos cansados—y ella empieza a actualizarnos. Un día mi esposo dijo: "3 minutos, mi amor, ven." Ella sabe la historia. Sabe lo de los 3 minutos. Entonces: "Mi amor, ven." Y la abrazamos. "3 minutos."
No se imaginan. Empecé a tocer. ¡No puede! Y mi esposo solo dijo: "Es tu gen, es tu gen."
El menor que ustedes saben por las prédicas, por pandemia no hablaba. Hoy en día es un loro mojado. Si está Mimi, mi fonoaudióloga de la iglesia, lo que tú profetizaste es realidad. ¡Habla como un cotorro!
Entonces, un día estaba lo mismo y nosotros así. Entonces dijimos: "3 minutos." Y la hermana mayor miraba a ver si él sí lo lograba. Le enseñaron en el colegio lenguaje de señas, empezó a hablar con las manos.
O sea, quiero decirles que es imposible. Mi esposo siempre termina perdiendo el intento.
Hay momentos donde Dios dice: "Okay, quéjate." Y después dice: "Ya ora." Pero hay momentos en el milagro de la espera donde Dios dice: "3 minutos." Y ese es el proceso del milagro de la espera.
Si estás en la queja, pasa a la oración. Si ya oraste lo que tenías que orar, tal vez Dios te está diciendo lo que le dijo a Habacuc: "Esperaré en silencio al día venidero."
Hoy con un grupo de amigos que tenemos como peticiones de oración, estamos orando por varios milagros de sanidad, estamos orando por varias cosas de expansión de la iglesia. Pero hoy se cumplen 44 días de una oración que venimos haciendo de un trámite.
Ustedes pueden decir: "Ay, 44 días." Sí, pero nos habían dicho que ese trámite duraba 8 horas, después 24 horas. Vamos en el día 44.
En este proceso, a todos Dios nos ha hablado de algo, y sin duda alguna a mí también. Porque en diferentes momentos de mi vida donde he tenido que esperar, he entendido que hay un fruto del Espíritu Santo que solo en la espera se forma, y es la paciencia.
Necesitamos tener el equilibrio entre los dones del Espíritu Santo y el fruto. Conozco personas donde el fruto es muy notorio, pero cuando hablamos de los dones no están cojos. Pero a veces Dios nos usa en dones y Dios necesita equilibrarnos con el fruto.
Muchas veces el milagro de la espera es que Dios te está llevando a florecer en paciencia, que es uno de esos indicadores del fruto del Espíritu Santo. Porque ese fruto de paciencia te está llevando a recibir el don de la fe—no la fe natural, sino el don de poder, que se llama fe para hacer sanidades y milagros.
Tú no puedes recibir un don sobrenatural de fe si no fuiste paciente. Porque para recibir el don necesitas creer sin ver. Posiblemente eso que se está gestando en ti es porque viene el don de fe, pero necesitas desarrollar un carácter paciente.
La inmadurez no sirve y no te hace efectivo en el llamado de Dios. No podemos seguir en la silla de atrás diciéndole a Dios: "Ya llegamos. ¿Cuánto falta?"
Imagínense que hay amigos que tienen hijos más grandes y me dicen: "Tranquila, hay un momento donde los niños, aunque siguen siendo niños, ya crecen un poco más y dejan de preguntar. Empiezan a pedir las canciones que quieren oír, se duermen, comen y miran por la ventana y disfrutan. Ya entienden que el que conduce va a llegar." Es un tema de madurez en carácter.
Hay dos maneras de ver los milagros en el mundo terráqueo, en el mundo natural. Cuando llega esa respuesta, ese empleo, ese bebé que estabas esperando, ese trabajo por el cual venías orando, nosotros celebramos el milagro. "¡Wow! Se sanó el cáncer. ¡Wow! Ya viene un bebé. ¡Wow! Se restauró tu familia."
Pero en el cielo la celebración no es esa.
Cuando nosotros celebramos aquí eso, la celebración del cielo que tiene Dios con sus ángeles es: "¡Wow! Se aprendió a callarse 3 minutos. Ese es el milagro desde la perspectiva del cielo."
"¡Wow! Logró crecer en paciencia. ¡Wow! Se volvió más humilde sin milagro. Ese es el milagro en el cielo de lo que Dios está formando en ti.
Por eso Colosenses dice: "Pongan la mira en las cosas del cielo y no en las cosas de la tierra."
Habacuc tuvo que entender que su percepción del tiempo necesitaba rendirla al Señor y recordar que en el pasado Dios había estado, que iba a estar en el presente y en el futuro. Pero él no podía seguir en sus fuerzas buscando presionar al Señor. El Señor sabía los tiempos.
Y ahí empieza a ceñirse en Dios.
El milagro de la espera es cuando tú entiendes que te ciñes a la promesa, que te ciñes a su presencia. Por eso no puedes perder la esperanza. Tienes que guardar la semilla que está sembrada en tu fe.
Tienes que quitarle las espinas, sacudir los pájaros, todo aquello que quiere robarse la semilla. Tienes que sacudírtelo. Porque en el milagro de la espera tienes que atesorar lo que Dios ya te había dicho y confiar en que Dios está manejando, sabe el destino y sabe el tiempo para llevarte a ese lugar.
¿Qué ocurre en el milagro de la espera? Se forma nuestro carácter porque crecemos en paciencia. Santiago dice:
Bien saben que cuando su fe es puesta a prueba, produce paciencia.
Pero lo segundo que ocurre en el milagro de la espera es que Dios nos unge con el poder de su Espíritu.
Jesús le anuncia a sus discípulos: "Yo voy a morir. Ustedes no pueden hacer nada hasta que sean revestidos del poder de lo alto. No hago nada hasta que sean revestidos del poder de lo alto." Y no entra a darles más detalles.
Lo único que les dice es: "Hay alguien que es mayor que yo que va a venir." No les dice el nombre. No les dice cómo va a venir. No les dice: "Miren, en tal fecha va a ser. Son tantos días de espera. Van a hablar en lenguas."
No. Solo les dice: "Quédense quietos, sean pacientes y no hagan nada hasta que sean revestidos del poder de lo alto."
Ustedes vean lo que fue eso de los discípulos. ¿Cómo así que poder de lo alto? ¿Cómo va a ser? Y fueron más de 44 días.
Pero cuando pasa la visitación del Espíritu Santo, el hombre que negó a Jesús tres veces hace una prédica y se convierten 3000 en ese día. Pueden soportar la persecución. Extienden el evangelio a las naciones.
Hay una autoridad que se está gestando en ti. Hay una unción que se está gestando en ti en el milagro de la espera. Es un poder de lo alto que solo ocurre si dejas de quejarte, pasas a la oración y aprendes a esperar pacientemente en el silencio.
Hay una unción que viene en este proceso.
Cuando recibimos el poder de lo alto, tú puedes pensar que el silencio es la ausencia de Dios. No. Dios está trabajando. Mientras ellos estaban esperando algo que ni entendían que iba a pasar, Dios estaba preparando toda esa visitación del Espíritu Santo.
Dios está trabajando en lo que viene para ungirte, para el lugar que él tiene para ti, para que tú extiendas el reino de los cielos.
Entonces, la pregunta es: mientras espero en silencio, ¿qué está saliendo de mi interior?
Porque en Habacuc salió la queja. "¿Hasta cuándo? ¿Por qué no actúas?"
En mi vida los procesos de espera han sacado muchas inseguridades. Salen los miedos ahí. Yo lo que siento es que lo percudido sale bajo esa presión de la espera. Tiene que salir el miedo, la cobardía, esa inseguridad.
Y ahí ocurre otra de las cosas en la espera. No solo se nos forma el carácter, no solo somos ungidos, sino que somos limpiados. Lo percudido, el miedo, lo que sale en la espera se va.
Como nos lo ha predicado varias veces el pastor Andrés, Dios no pone su visión. Yo le añadiría: Dios no pone su unción en un vaso sucio.
Entonces, en esa presión eres limpio porque sale eso, sale la queja, sale el miedo, sale la cobardía.
Pero el silencio no es ausencia de Dios, no son malas noticias. Por eso necesitas cuidar la promesa.
¿Qué debo hacer mientras espero el milagro? El Salmo 37 dice:
No te enojes por causa de los malvados, ni sientas envidia de los malhechores, pues son como la hierba que al cortarla pronto se seca. Tú debes confiar en Dios. Dedícate a hacer el bien, estableécete en la tierra y mantente fiel a Dios.
Eso es lo que tenemos que hacer.
El silencio es un abono que está procesando esa semilla que va a florecer. Dios está trabajando en nuestra vida.
Por eso lo siguiente que quiero preguntarte es: ¿Dios te ve confiable mientras esperas?
Porque hay una diferencia entre que tú digas: "Yo confío en Dios," y otra, que Dios sea el que diga: "Yo confío en Juliana. Yo confío en ti."
Es muy distinto. Tú puedes decir: "Uy, yo confío en Dios." Pero... ¿será que Dios puede decir: "Uy, esta es confiable?"
Yo hoy les puedo decir: a mí me han quitado muchas cosas, pero algo que nadie me va a robar es que yo he sido formada en ser confiable para Dios.
Tú puedes decir que Dios confía en ti. Quiero que lo pienses, porque ahí es lo que Dios está procesando en tu vida.
Por eso la Biblia dice:
Bueno es esperar en silencio la salvación de Jehová. Mas los que esperan en Jehová tendrán nuevas fuerzas. Levantarán alas como las águilas, correrán y no se cansarán, caminarán y no se fatigarán.
Y Habacuc dice:
Aunque la visión tarde en cumplirse, se cumplirá su tiempo, no fallará. Aunque tarde, espérala, porque sin duda vendrá, no tardará.
Vamos a llegar. No tienes que estar preguntando: "¿Cuánto falta? Ya vamos a llegar. ¿Cuántos son 5 minutos?" Tu milagro está en camino.
Pero necesitas pacientemente esperar a Jehová y esperar en silencio el día venidero. Rendir tus tiempos en el altar del Señor.
Cuando termine esta prédica en el mundo natural, en tu calendario, tal vez esa situación sigue. Pero tu perspectiva del tiempo sí tiene que cambiar y entender lo que Dios está haciendo en ti en el milagro de la espera.
Habacuc cierra ceñido a Dios—a la fe y a la esperanza—declarando:
Con todo yo me alegraré en Jehová, me gozaré en el Dios de mi salvación. Jehová el Señor es mi fortaleza. Él me da pies como de siervas y me hace caminar por las alturas.
Porque no solo somos formados en carácter, no solo somos ungidos, no solo nos limpia, sino que nos está entrenando para los lugares altos.
Por eso Habacuc dice: "Y podré estar en lugares altos como una sierva."
Estás aprendiendo, estás siendo entrenada para ser ungida. Estás desarrollando no solo el fruto de la paciencia, sino que estás en el camino para que venga un poder de lo alto—dones de poder que necesitamos para las naciones y extender el reino.
Por eso hoy necesitamos confiar en el Señor y esperar en silencio pacientemente.
Pongámonos en pie. Cierra tus ojos ahí, iglesia.
Tal vez estás como Habacuc, con dos luchas a la vez. Algo externo, pero también internamente otra variable. No solo es un problema, son varios. Y así estaba Habacuc.
Señor, queremos aprender a confiar en tus tiempos, en ese silencio que a veces quiere atacar nuestra fe. Pero tú nos dices: "Yo sí estoy y estoy actuando."
Queremos poder orar y soltar la queja y decirte: "Pacientemente esperé al Señor. Y él se inclinó a mí y oyó mi oración y me respondió."
Pero Señor, hoy queremos ser honestos y decirte: hay inseguridad, hay miedo. Y Dios nos permite tener ese primer capítulo de Habacuc, iglesia, donde tú le puedes decir: "Es difícil. No entiendo. Hay miedo, hay un hasta cuándo, hay un ¿Dónde estás? Que no te veo. Yo sé que estás, pero pareciera que no estás."
Y el Señor no te juzga. El Señor te entiende así como entendió a Habacuc.
Pero hoy el Señor quiere que tú salgas de ese lugar y empieces a orar recordando lo que él ha hecho antes. Recordando que hasta aquí nos ha traído el Señor. Recordando que él ha hecho obras maravillosas antes. Recordando que él es el Dios de todos los tiempos y que él nos ama.
Señor, yo hoy te pido que podamos dar el giro en nuestra relación contigo, donde salimos del desahogo de las preguntas, de todo eso percudido que sale del miedo, de la inseguridad. Y que podamos empezar a construir ese capítulo que dice: la oración.
Piensa en tu nombre. Hoy, Señor, yo decido orar. Hoy yo decido mirarte a ti, Señor, al que hoy adoramos diciendo que eres digno. Hoy yo quiero poner mis ojos en ti, Jesús, y decirte: yo confío en ti, Señor.
Hoy quiero obedecer, Señor. Perdóname por presionar. Perdóname por llevarte la cuenta y decirte: "Es que mira todos estos años. Es que mira los meses. Perdóname porque no confío en que tú sabes el destino y tú sabes conducir."
Hoy te entregamos nuestra inmadurez y te entregamos esa percepción del tiempo que se nos hace tan largo cuando hay miedo, cuando no vemos el destino, Señor.
Pero hoy queremos confiar en ti. Y yo te pido, Señor, que podamos ser pacientes y ser revestidos con tu poder, Espíritu Santo.
Hoy quiero que pienses en eso: en que hay una cita donde el Señor te dice: "No hagas nada. Confía." Pero en esa espera hay un poder de lo alto que quiero impartir sobre tu vida para que tengas un antes y un después. Para que los años en los cuales me negaste, o en los cuales eras impulsivo, queden atrás. Y seas ese Pedro que ahora predica en medio de la persecución.
Hay una autoridad que estoy formando en ti. Hay una unción que estoy destilando en ti en este tiempo. Hay una paciencia que necesito que tengas para que crezcas y no seas una niña, no seas un niño.
Señor, hoy decidimos confiar en ti. Hoy decidimos alegrarnos porque estamos siendo entrenados por el mejor papá, el mejor maestro de milagros.
Hoy, en el nombre de Jesús, yo me sacudo toda ansiedad. Y vas a empezar a entregar todo eso que te ha querido robar la promesa del milagro que estás esperando. Todos esos espinos que están ahogando la semilla de la fe. Todo esos pájaros que vienen a robarse la semilla.
Hoy, en el nombre de Jesús, yo renuncio a todo lo que quiere traer incredulidad, todo lo que quiere traer desesperanza, afán, ansiedad, todo lo que quiere apagar la fe.
Hoy, en el nombre de Jesús, renunciamos a todo agotamiento espiritual, a todo lo que quiere decirme que Dios no está, que el silencio es malo, que el silencio es un indicador de malas noticias.
Hoy se va toda mentira en contra de mi Dios, todo lo que quiere matar mi fe. Hoy, en el nombre de Jesús, nos despojamos de esa ansiedad, de esa intimidación, de ese miedo, Señor.
Y hoy decidimos creer lo que dice el salmista: "Pacientemente esperamos al Señor y tú te inclinas a nosotros y oyes nuestro clamor."
Hoy decidimos creer que esperamos en silencio el día venidero.
Y voy a alzar tus manos, iglesia. Y vamos a creer que Dios está ahí. Y vas a guardar unos minutos de silencio. No vas a orar. Solo dile: "Aquí estoy. Esperaré en silencio el día venidero."
El Señor te dice: "Tú debes confiar en mí. Dedícate a hacer el bien. Establécete en la tierra y mantente fiel."
Señor, hoy descansamos y decidimos soltar el calendario y nuestro reloj. Y empezar a ver el paisaje por la ventana. Podemos incluso dormir tranquilos mientras tú nos llevas al destino, papá.