Aunque No Te Vea
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Me pregunto si aquí adentro somos las personas que bendicen, pero allá afuera somos las personas que maldicen. Me pregunto si aquí nos conocen por ser de cierta manera, pero allá afuera la gente nos reconoce por actuar de una manera completamente diferente. ¿Qué nombre estás utilizando el día de hoy que no te pertenece?
Ester era una joven judía que vivía en Persia, una tierra que no era su hogar prometido. Fue criada por su tío Mardoqueo después de perder a sus padres, y se destacaba por su hermosa figura. El contexto histórico es importante: el rey Asuero buscaba una reina de entre las jóvenes vírgenes del reino, y Ester fue seleccionada no por quién era en su interior, sino por su belleza externa.
Ester tenía dos nombres. Adasa era su nombre judío, pero recibió el nombre de Ester en el contexto persa. Esta dualidad de identidad es profundamente significativa.
Tú y yo vivimos en una sociedad que, como la Persia de Ester, dicta cómo debemos vestirnos, hablar, qué creer y qué palabras podemos usar. Esta sociedad moderna juzga a los hombres por lo que tienen—su trabajo, su auto, su dinero en el banco—y lamentablemente juzga a las mujeres principalmente por cómo se ven.
Estas superficialidades producen inseguridades profundas. Los hombres son inseguros por lo que no tienen. Las mujeres son inseguras por cómo no se ven. Es una realidad del mundo en que vivimos, una consecuencia del pecado que gobierna la tierra.
Como cristianos, enfrentamos una pregunta difícil: ¿cómo vivimos en una sociedad que no se acopla con nuestros valores? No podemos simplemente escondernos en nuestras casas, porque necesitamos trabajar, ir a la escuela, sustentar a nuestras familias. Pero tampoco podemos criticar constantemente al mundo o vivir nuestra fe solo los domingos en la mañana.
Muchos de nosotros, sin darnos cuenta, cedemos a lo que la sociedad pide. Podemos entrar en rituales de embellecimiento, dedicar más tiempo a nuestra carrera, a cómo nos vemos, a generar más ingreso, dejando a Dios a un lado. Vivimos como Ester: aquí adentro somos una persona, allá afuera somos otra.
Podría ser fácil juzgar a Ester si la comparamos con Daniel y sus amigos. Daniel se paró delante del rey Nabucodonosor y se negó a postrarse ante su estatua, rechazó la comida del rey, porque confiaba en que el Señor lo guardaría. Sin embargo, muchos de nosotros pensamos que somos como Daniel cuando en realidad nos comportamos como Ester: cediendo a lo que la sociedad pide, haciendo lo que otros están haciendo.
No estoy justificando a Ester, ni tampoco estoy justificando todo lo que he hecho en el pasado. Pero lo importante es esto: el Señor sigue obrando, incluso cuando no lo ves, incluso cuando no lo sientes.
El libro de Ester es único en la Biblia porque Dios no es mencionado explícitamente. A través de toda la historia, parece que Dios está ausente. Sin embargo, si lees cuidadosamente, verás que Dios estaba obrando detrás de cada circunstancia, cada coincidencia, cada evento. Su mano estaba allí aunque no fuera visible.
De la misma manera, el Señor no te ha abandonado. El Señor sigue siendo bueno. Aún cuando tu vida se siente como el libro de Ester, aún cuando parece que Dios no está por ningún lado, el Señor sigue estando ahí, aún cuando no lo ves.
Estaríamos equivocados si tratáramos de seguir viviendo con estos dos nombres, estas dos identidades. Porque en algún momento, esta doble vida nos va a alcanzar. El aparentar es cansado, el aparentar te consume.
Pero el día de hoy tienes una bendición, tienes un regalo: puedes pararte delante del Señor y admitir que has estado viviendo de una manera equivocada. Puedes confesar: "Señor, he estado viviendo de una manera que no me corresponde. He estado utilizando un nombre que tú no me diste."
Permití que la sociedad afectara tanto mi interior. Dejé que la moda, el trabajo, el dinero, las sustancias, la lujuria, todo me consumiera. Pero el Señor, en toda su misericordia, puede redimirte. El Señor puede redimir tu historia. El Señor no ha terminado contigo.
Todos hemos estado en una situación como Ester, donde la vida nos pide tomar una decisión importante, donde todo se mueve tan rápido que tienes que decidir: izquierda o derecha, me quedo o me voy, tomo este trabajo o me quedo donde estoy.
Como creyentes, hacemos bien cuando buscamos al Señor en oración, leemos su palabra, buscamos consejo de personas que conocen y temen a Dios. Pero, ¿qué pasa si no sientes a Dios hablarte claramente y llega el momento de decidir?
Quiero animarte: aún si tomas una decisión equivocada, el Señor es tan bueno como para redimir esa decisión. Ahora bien, esto no significa que vivas despreocupadamente pensando que el Señor arreglará todo después. Tú y yo tenemos la responsabilidad de buscar al Señor, de tratar de escuchar su voz en nuestro corazón.
Pero muchas veces el temor de tomar una mala decisión te paraliza, y terminas sin tomar decisión alguna, lo cual te va peor. Te animo a que busques al Señor con todo tu corazón, y verás que él va a ir acomodando las cosas, te va a guiar.
Si esta toma de decisiones te ha llevado a vivir de una manera incorrecta, a vivir una vida de apariencia que no cuadra—adentro eres una persona, afuera eres otra—quiero animarte a que te arrepientas. Ven delante del Señor y pídele perdón.
Muchas veces cuando estamos siendo tan atacados y pensamos que ya no hay salida, que nos hemos metido tan profundo que no hay escapatoria. Pero se nos olvida que es tan sencillo como voltear y recordar que el Señor siempre ha estado ahí. El Señor no se ha olvidado de ti.
Ester llegó al trono no siendo perfecta. Llegó siendo una persona en proceso. Lo que significa que el Señor puede usar tu vida aún cuando estás en proceso, aún cuando seguimos con cosas que nuestro carácter tiene que ser afinado.
"Estoy convencido precisamente de esto, que el que comenzó en ustedes la buena obra la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús."
Nunca vamos a ser perfectos aquí. Seguiremos siendo procesados hasta el día que el Señor vuelva. Y eso me da esperanza. A pesar de todo el desastre que tenía mi vida en el pasado, todas mis inseguridades, todos mis problemas, todas mis dudas, el Señor puede utilizar mi vida porque le pertenece a él.
Mi vida es un instrumento, una herramienta para que su reino crezca. Aún siendo una persona en proceso, sin ser nadie digno, el Señor en su misericordia decide utilizarme.
Como creyentes, tenemos acceso al Señor que Ester nunca tuvo. Tenemos:
Si Dios pudo usar a Ester sin nada de esto, imagínate lo que Dios puede hacer contigo.
En Ester vemos a una joven escogida y amada por su belleza. Pero tú y yo fuimos amados de manera diferente. Fuimos amados no por nuestra belleza, sino a pesar de todo lo malo que había dentro de nosotros, el Señor decidió amarnos para hacer algo bello con nosotros.
Eso es lo que Dios quiere hacer contigo el día de hoy.
Deja de utilizar un nombre que el Señor no te dio. Empieza a caminar en lo que el Señor te ha dado: un propósito. Empieza a caminar recordando que él está detrás de ti, cuidándote, obrando, transformándote.
No es coincidencia que estés aquí el día de hoy. Tal vez has vivido tu vida como has querido, como la sociedad te ha dicho. Tal vez estás frustrado, cansado, sin saber qué decisión tomar. Tal vez tienes miedo y no encuentras una salida.
Quiero decirte que no es coincidencia que estés aquí hoy.
La palabra de Dios nos dice que vivimos en un mundo gobernado por el pecado, y lo ves allá afuera. Pero también nos dice que a este problema hay una solución: Jesús.
Jesús, siendo Dios, tomó forma de hombre y vino a esta tierra. Nació, vivió una vida perfecta, no se equivocó en nada, no pecó en nada. Al final de su vida, murió una muerte que no le tocaba—por amor a ti y por amor a mí.
Tú y yo, al reconocer que Jesús, el Hijo de Dios, murió esta muerte, sabemos que es suficiente para pagar por nuestros pecados, para pagar por todo lo malo que hemos hecho.
Si el día de hoy estás aquí y nunca has puesto tu confianza en el Señor, me encantaría orar contigo. Te voy a pedir un favor: cierra tus ojos y evalúa en tu corazón:
¿He entregado mi corazón a Cristo? ¿Puedo decir verdaderamente que mi vida le pertenece al Señor?
Si la respuesta es no, estás en el lugar correcto. Me encantaría guiarte en una oración para que puedas entregarle tu vida a Jesús. Si esta eres tú, levanta la mano para que pueda orar contigo.
Me pregunto si aquí adentro somos las personas que bendicen, pero allá afuera somos las personas que maldicen. Me pregunto si aquí nos conocen por ser de cierta manera, pero allá afuera la gente nos reconoce por actuar de una manera completamente diferente. ¿Qué nombre estás utilizando el día de hoy que no te pertenece?
Ester era una joven judía que vivía en Persia, una tierra que no era su hogar prometido. Fue criada por su tío Mardoqueo después de perder a sus padres, y se destacaba por su hermosa figura. El contexto histórico es importante: el rey Asuero buscaba una reina de entre las jóvenes vírgenes del reino, y Ester fue seleccionada no por quién era en su interior, sino por su belleza externa.
Ester tenía dos nombres. Adasa era su nombre judío, pero recibió el nombre de Ester en el contexto persa. Esta dualidad de identidad es profundamente significativa.
Tú y yo vivimos en una sociedad que, como la Persia de Ester, dicta cómo debemos vestirnos, hablar, qué creer y qué palabras podemos usar. Esta sociedad moderna juzga a los hombres por lo que tienen—su trabajo, su auto, su dinero en el banco—y lamentablemente juzga a las mujeres principalmente por cómo se ven.
Estas superficialidades producen inseguridades profundas. Los hombres son inseguros por lo que no tienen. Las mujeres son inseguras por cómo no se ven. Es una realidad del mundo en que vivimos, una consecuencia del pecado que gobierna la tierra.
Como cristianos, enfrentamos una pregunta difícil: ¿cómo vivimos en una sociedad que no se acopla con nuestros valores? No podemos simplemente escondernos en nuestras casas, porque necesitamos trabajar, ir a la escuela, sustentar a nuestras familias. Pero tampoco podemos criticar constantemente al mundo o vivir nuestra fe solo los domingos en la mañana.
Muchos de nosotros, sin darnos cuenta, cedemos a lo que la sociedad pide. Podemos entrar en rituales de embellecimiento, dedicar más tiempo a nuestra carrera, a cómo nos vemos, a generar más ingreso, dejando a Dios a un lado. Vivimos como Ester: aquí adentro somos una persona, allá afuera somos otra.
Podría ser fácil juzgar a Ester si la comparamos con Daniel y sus amigos. Daniel se paró delante del rey Nabucodonosor y se negó a postrarse ante su estatua, rechazó la comida del rey, porque confiaba en que el Señor lo guardaría. Sin embargo, muchos de nosotros pensamos que somos como Daniel cuando en realidad nos comportamos como Ester: cediendo a lo que la sociedad pide, haciendo lo que otros están haciendo.
No estoy justificando a Ester, ni tampoco estoy justificando todo lo que he hecho en el pasado. Pero lo importante es esto: el Señor sigue obrando, incluso cuando no lo ves, incluso cuando no lo sientes.
El libro de Ester es único en la Biblia porque Dios no es mencionado explícitamente. A través de toda la historia, parece que Dios está ausente. Sin embargo, si lees cuidadosamente, verás que Dios estaba obrando detrás de cada circunstancia, cada coincidencia, cada evento. Su mano estaba allí aunque no fuera visible.
De la misma manera, el Señor no te ha abandonado. El Señor sigue siendo bueno. Aún cuando tu vida se siente como el libro de Ester, aún cuando parece que Dios no está por ningún lado, el Señor sigue estando ahí, aún cuando no lo ves.
Estaríamos equivocados si tratáramos de seguir viviendo con estos dos nombres, estas dos identidades. Porque en algún momento, esta doble vida nos va a alcanzar. El aparentar es cansado, el aparentar te consume.
Pero el día de hoy tienes una bendición, tienes un regalo: puedes pararte delante del Señor y admitir que has estado viviendo de una manera equivocada. Puedes confesar: "Señor, he estado viviendo de una manera que no me corresponde. He estado utilizando un nombre que tú no me diste."
Permití que la sociedad afectara tanto mi interior. Dejé que la moda, el trabajo, el dinero, las sustancias, la lujuria, todo me consumiera. Pero el Señor, en toda su misericordia, puede redimirte. El Señor puede redimir tu historia. El Señor no ha terminado contigo.
Todos hemos estado en una situación como Ester, donde la vida nos pide tomar una decisión importante, donde todo se mueve tan rápido que tienes que decidir: izquierda o derecha, me quedo o me voy, tomo este trabajo o me quedo donde estoy.
Como creyentes, hacemos bien cuando buscamos al Señor en oración, leemos su palabra, buscamos consejo de personas que conocen y temen a Dios. Pero, ¿qué pasa si no sientes a Dios hablarte claramente y llega el momento de decidir?
Quiero animarte: aún si tomas una decisión equivocada, el Señor es tan bueno como para redimir esa decisión. Ahora bien, esto no significa que vivas despreocupadamente pensando que el Señor arreglará todo después. Tú y yo tenemos la responsabilidad de buscar al Señor, de tratar de escuchar su voz en nuestro corazón.
Pero muchas veces el temor de tomar una mala decisión te paraliza, y terminas sin tomar decisión alguna, lo cual te va peor. Te animo a que busques al Señor con todo tu corazón, y verás que él va a ir acomodando las cosas, te va a guiar.
Si esta toma de decisiones te ha llevado a vivir de una manera incorrecta, a vivir una vida de apariencia que no cuadra—adentro eres una persona, afuera eres otra—quiero animarte a que te arrepientas. Ven delante del Señor y pídele perdón.
Muchas veces cuando estamos siendo tan atacados y pensamos que ya no hay salida, que nos hemos metido tan profundo que no hay escapatoria. Pero se nos olvida que es tan sencillo como voltear y recordar que el Señor siempre ha estado ahí. El Señor no se ha olvidado de ti.
Ester llegó al trono no siendo perfecta. Llegó siendo una persona en proceso. Lo que significa que el Señor puede usar tu vida aún cuando estás en proceso, aún cuando seguimos con cosas que nuestro carácter tiene que ser afinado.
"Estoy convencido precisamente de esto, que el que comenzó en ustedes la buena obra la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús."
Nunca vamos a ser perfectos aquí. Seguiremos siendo procesados hasta el día que el Señor vuelva. Y eso me da esperanza. A pesar de todo el desastre que tenía mi vida en el pasado, todas mis inseguridades, todos mis problemas, todas mis dudas, el Señor puede utilizar mi vida porque le pertenece a él.
Mi vida es un instrumento, una herramienta para que su reino crezca. Aún siendo una persona en proceso, sin ser nadie digno, el Señor en su misericordia decide utilizarme.
Como creyentes, tenemos acceso al Señor que Ester nunca tuvo. Tenemos:
Si Dios pudo usar a Ester sin nada de esto, imagínate lo que Dios puede hacer contigo.
En Ester vemos a una joven escogida y amada por su belleza. Pero tú y yo fuimos amados de manera diferente. Fuimos amados no por nuestra belleza, sino a pesar de todo lo malo que había dentro de nosotros, el Señor decidió amarnos para hacer algo bello con nosotros.
Eso es lo que Dios quiere hacer contigo el día de hoy.
Deja de utilizar un nombre que el Señor no te dio. Empieza a caminar en lo que el Señor te ha dado: un propósito. Empieza a caminar recordando que él está detrás de ti, cuidándote, obrando, transformándote.
No es coincidencia que estés aquí el día de hoy. Tal vez has vivido tu vida como has querido, como la sociedad te ha dicho. Tal vez estás frustrado, cansado, sin saber qué decisión tomar. Tal vez tienes miedo y no encuentras una salida.
Quiero decirte que no es coincidencia que estés aquí hoy.
La palabra de Dios nos dice que vivimos en un mundo gobernado por el pecado, y lo ves allá afuera. Pero también nos dice que a este problema hay una solución: Jesús.
Jesús, siendo Dios, tomó forma de hombre y vino a esta tierra. Nació, vivió una vida perfecta, no se equivocó en nada, no pecó en nada. Al final de su vida, murió una muerte que no le tocaba—por amor a ti y por amor a mí.
Tú y yo, al reconocer que Jesús, el Hijo de Dios, murió esta muerte, sabemos que es suficiente para pagar por nuestros pecados, para pagar por todo lo malo que hemos hecho.
Si el día de hoy estás aquí y nunca has puesto tu confianza en el Señor, me encantaría orar contigo. Te voy a pedir un favor: cierra tus ojos y evalúa en tu corazón:
¿He entregado mi corazón a Cristo? ¿Puedo decir verdaderamente que mi vida le pertenece al Señor?
Si la respuesta es no, estás en el lugar correcto. Me encantaría guiarte en una oración para que puedas entregarle tu vida a Jesús. Si esta eres tú, levanta la mano para que pueda orar contigo.