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Esta semana pasada tuvimos que ordenar un pequeño almacén que estaba hecho una desgracia. Saben cómo es: empiezas a organizar, pero no terminas de ordenar y finalmente dices, "Ya no importa el resto, mete todo como estaba," y queda peor de cuando empezaste. Habíamos hecho ya como dos o tres intentos.
Finalmente lo ordenamos y en medio de todo ese orden encontramos paquetes de galletas. Éramos como ocho personas arreglando, y entonces el paquete de galletas fue como una bendición de los cielos. Habían más de 100 galletas GN, mis favoritas.
Lo primero que hice fue abrirlas, pero alguien me dijo: "Espera. ¿De cuándo serán esas galletas?" Es una buena pregunta. Empezamos a buscar la fecha de vencimiento. Todo tiene una fecha de vencimiento, ¿no? Finalmente encontramos que vencía el siguiente mes. Decidimos abrirlas y fue un error porque estaban ya malogradas. Habían estado mucho tiempo ahí guardadas, el sol y lo demás.
Y eso me hizo recordar un pasaje que había visto hace unos días.
Vamos a Éxodo 16. Un poco de contexto: el pueblo de Dios estaba harto de estar en Egipto. Habían pasado cerca de 400 años ahí y clamaron a Dios. Dios escogió a Moisés para liberar al pueblo y sacarlo de Egipto. Y apenas había pasado un mes de ese momento.
"Si tan solo el Señor nos hubiera matado en Egipto. Allá nos sentábamos junto a las ollas llenas de carne y comíamos todo el pan que se nos antojaba, pero ahora tú nos has traído en este desierto para matarnos de hambre."
Entonces el Señor le dijo a Moisés:
"Mira, haré llover alimento del cielo para ustedes. Cada día la gente podrá salir a recoger todo el alimento necesario para ese día. Para ese día. Con esto les pondré a prueba para ver si siguen o no mis instrucciones. El sexto día juntarán el alimento y cuando preparen la comida habrá el doble de lo normal."
¿Por qué? Porque el séptimo día era el día de descanso y no podían hacer nada. Dios estaba proveyendo el sexto día doble porción para que el séptimo no tuvieran que trabajar y pudieran comer. Dios es una maravilla.
"Esa tarde llegó una cantidad enorme de codornices que cubrieron el campamento y la mañana siguiente los alrededores del campamento estaban húmedos de rocío. Cuando el rocío se evaporó, la superficie del desierto quedó cubierta por unos copos de una sustancia ojaldrada y fina como escarcha."
Los israelitas quedaron perplejos y se preguntaban unos a otros: "¿Qué es esto?" Moisés le dijo: "Este es el pan que el Señor les da para comer. Cada grupo familiar juntará todo lo que necesite. Recojan 2 litros por cada persona en su carpa."
Así que los israelitas hicieron lo que les dijo. Algunos recogieron mucho, otros solo poco, pero cuando lo midieron, cada uno tenía lo justo y necesario. Me encanta eso. A veces nos preocupamos, pero todos tenemos lo justo y necesario.
"A los que recogieron mucho, nada le sobraba. Y a los que recogieron solo un poco, nada le faltaba. Cada familia tuvo justo lo que necesitaba."
Entonces Moisés le dijo: "No guarden nada para el día siguiente." Sin embargo, algunos no hicieron caso y guardaron un poco hasta la mañana siguiente, pero para entonces se había llenado de gusanos y apestaba. Y Moisés se enojó mucho con ellos.
Cuando lees acerca de Éxodo y el pueblo de Dios, es tan fácil verse reflejado en el pueblo de Dios. ¿Por qué somos así? ¿Por qué no somos diferentes? Porque Dios lo único que quería era desarrollar confianza en nosotros. Quería que aprendiéramos a confiar en él.
¿Por qué? Porque pasaron 400 años. Generación tras generación tras generación. Había una memoria en el cuerpo, en la mente, en el corazón de esta gente que por 400 años vivieron de una forma, y ahora Dios tenía que cambiar, transformar esa mentalidad, esa forma de ver las cosas a la mentalidad y la forma de Dios.
Dios tenía que hacer que su pueblo cambiara en cuanto a su mentalidad. Era un pueblo que estaba acostumbrado a vivir según había aprendido en Egipto y habían olvidado cuál era el corazón de Dios para su pueblo. Y Dios tenía que cambiar esa mentalidad y por eso puso una columna de fuego y puso una nube. Para que la gente anduviera, para que aprendiera.
"Cuando Dios te dice anda, anda. Cuando Dios te dice pausa, pausa."
Pero quizás yo quiero seguir avanzando. Quizás yo puedo seguir avanzando. Pero Dios te dice: "Espérate, yo sé que tú puedes, yo sé que tú puedes. Pero no se trata de tu capacidad. Se trata de que tú aprendas cuál es mi corazón: a seguirme cuando yo te diga anda, a parar cuando yo te diga no, por más que ante tus ojos parezca que deberías seguir avanzando."
Ese era el corazón de Dios. Y así es como arrancó. Pero a los 30 días—no pasaron más de 30 días—el pueblo ya estaba quejándose.
Habían visto el mar abierto en dos. No solamente cruzaron por en medio del mar. Habían visto el poder de Dios y en 30 días habían olvidado por completo. ¿Por qué? Porque las circunstancias cambiaron, y cuántas veces en nuestras vidas cambia la circunstancia y de pronto cambia nuestro enfoque, cambia nuestra confianza.
Tenemos un Dios que es el mismo ayer, hoy y siempre. Tenemos un Dios que no cambia. Y qué bueno que tenemos un Dios que no cambia. Pero las circunstancias cambian. Y cuando las circunstancias cambian, nuestra confianza es sacudida.
Todos sabemos que si Dios hizo por nosotros algo antes, ahora lo hará nuevamente. Pero a veces uno siente: "Ay, otra vez voy a tener que poner mi confianza." Sí, pero empieza a ver atrás.
Antes ponías tu confianza por un sol. Ahora le estás creyendo a Dios por 1000, por 2000, por 10,000, por la cuota de la casa. Tu fe ha sido extendida. Por favor, date cuenta que en este camino con Dios, Dios ha ido desarrollando confianza en él y tu fe ha crecido.
Ya no le crees a Dios por lo que le creías antes. Ahora le crees a Dios por mucho más cosas. Pero lo que pasa es que sentimos como nos sentíamos antes: "Ah, Dios, lo harás. Yo sé que sí. Yo voy a ver tu mano." Y estamos en ese proceso, en ese tire y afloje, porque las cosas son diferentes cuando estamos en la cancha.
Es muy fácil hablar desde afuera. Qué fácil es armar teorías desde afuera, pero es en la cancha donde ocurren las cosas. Y la verdad es que la memoria de los milagros que hemos pasado no borra el dolor que producen las necesidades de hoy. Ese dolor es real. Pero así como ese dolor es real, es real que tenemos un Dios que no nos va a abandonar, que está a nuestro lado, que está caminando con nosotros y que va a ver el cumplimiento de su palabra en cada una de nuestras vidas.
Tan real una cosa como la otra.
¿En qué momento empieza a caducar nuestra fe? ¿Qué cosas ponen esa fecha de caducidad en nuestra fe?
De repente son las deudas. De repente son las peleas de pareja. De repente es la dificultad de criar a nuestros hijos. De repente es el que no se haya abierto las puertas por el trabajo que estaban esperando recibir. De repente es el negocio que no está saliendo como estaban esperando.
Mira el verso 8:
"Y añadió Moisés, esta tarde el Señor les dará de comer carne y mañana los saciará de pan, pues ya los oyó quejarse contra él. Porque, ¿quiénes somos nosotros? Ustedes no están murmurando contra nosotros, dijo Moisés refiriéndose a él y Aarón. No se están quejando de nosotros, se están quejando de Dios."
Es alucinante porque el pueblo de Dios en ese momento, en vez de ser conocido como un pueblo de oración, estaba siendo conocido como un pueblo de queja.
¿Cómo queremos ser conocidos delante de Dios? ¿Cómo queremos que Dios actúe a través de nuestra queja, de nuestro berrinche, de nuestro mal genio, o a través de levantar una oración de fe, de confianza? Una oración que se transforme en alabanza delante de nuestro Dios y podamos decir: "Dios, yo quiero ver lo que tú vas a hacer en esa circunstancia. Yo quiero ver lo que tú vas a hacer en medio de esa situación."
El problema de las circunstancias es que editan nuestra memoria y nos olvidamos.
Cada uno de nosotros llegó aquí de una manera diferente. De pronto algunos vinieron con relaciones destruidas, viviendo encontrándose con una persona y después con otra, y dijeron: "No, yo quiero vivir una vida ordenada con Dios." Pero después, si pasamos bien el tiempo, empezamos a recordar algunas cosas que nos gustaban y nos olvidamos de todo el pesar de esas decisiones sobre nuestras vidas.
Un amigo se me acercó hace unos meses, un amigo que no viene a la iglesia, y empezó a decirme lo pésimo que iba su matrimonio, lo horrible que le estaba pasando, casi en lágrimas. Mientras lo escuchaba dije: si Dios me lo ha puesto ahí, de repente es que necesita saber que Dios tiene una esperanza para su situación.
Entonces le dije solamente: "¿Y has probado caminar con Dios?" Me dijo: "Sí, sí, sí, ni me hables. Ya probé, ya no me pueden decir que no he probado todo. Ya lo probé todo y no funciona. Me he vuelto loco, no aguanto más."
Mientras se iba, pregunté a Dios: "¿Qué fue?" Y Dios me dijo: "¿Cuánto tiempo tomó malograr su matrimonio?" Más de 10 años. 10 años malogrando el matrimonio con todo lo que se les puede ocurrir, y de pronto quería que en 3 meses Dios arregle todo.
Somos expertos en malograr a veces nuestra vida, en tomar las peores decisiones. No sé si les ha pasado: toman mal una decisión y dicen "No voy a hacer de nuevo," y de nuevo estás ahí. Pareces una persona que cae profesionalmente en lo mismo. Y llevas 5, 10, 15 años siendo maestro cayendo allí, y de pronto vienes a Dios y quieres que en 30 días todo esté arreglado.
No te estoy diciendo que Dios no tiene el poder para hacerlo. Por supuesto, lo puede hacer en un microsegundo. Pero no se trata del poder de Dios. Se trata de que Dios tiene que construir una nueva forma de ver las cosas, de hacer las cosas, de entender las cosas en nosotros, porque si no caemos en lo mismo otra vez.
¿Cuántos de nosotros hemos querido decir: "Ya no voy a comer pan"? Algunos levanten la mano. Vamos a hacer un grupo de oración. ¿Y cuántos de nosotros que estamos con la mano levantada hemos vuelto a comer pan? ¿Por qué? Porque nos gusta, pues. Pero sabemos que nos hace daño y entramos en ese conflicto y seguimos en esa batalla.
God tiene que seguir renovando nuestra mente y saber que no se trata de que te guste o no te guste, sino de lo que te hace bien o lo que no te hace bien para poder caminar una vida en confianza en él.
El pueblo por muchos años estuvo dando vueltas en el desierto, y es alucinante que pasara toda una generación para que ese pueblo llegara a la tierra que Dios había prometido. ¿Por qué? Porque bien es cierto que el pueblo seguía la nube, seguía la columna de fuego, pero no estaba siguiendo a Dios.
He visto a lo largo de este tiempo gente venir y gente irse, y después de años volver unas semanas y volverse a ir. Vengan cuando quieran. Pero cada vez dicen: "Yo quiero que Dios haga algo con mi vida." Bueno, mantén tu vida en Dios.
Por eso, pastor Robert suele decir: entrégale un año de tu vida a Dios. ¿Qué es entregarle un año de tu vida a Dios? Comprometerte con Dios un año. No se trata de venir a la iglesia un año. Eso no es suficiente.
Mi suegra solía decir: "Dormir en la cochera no te hace carro. Venir a la iglesia no te hace cristiano. Venir a la iglesia no nos hace hijos, hijas de Dios. Lo que nos hace hijos, hijas de Dios es mantenernos caminando en su palabra."
Cuando nos mantenemos caminando en su palabra es que Dios empieza a construir esa identidad de nosotros, de él en nosotros como hijos, hijas suyos.
¿Qué cosas hacen tambalear tu confianza en Dios? El dinero, las peleas, los conflictos mundiales, las conspiraciones, el Twitter. ¿Sabes cuál es el corazón de Dios en medio de todo esto?
En Hebreos 10:35-36 dice:
"Así que no abandonen su confianza en Dios, la cual ha de ser grandemente recompensada. Ustedes necesitan perseverar para que después de haber cumplido la voluntad de Dios reciban lo que él ha prometido."
Amigos, todos, todas estamos aquí viviendo una vida de perseverancia en Dios. ¿Sabes por qué venimos a la iglesia? Para refrescar nuestra vida en él, para recuperar esa frescura de la primera vez, ese encuentro de la primera vez, cuando sentimos en nuestro corazón y sabíamos que Dios había estado en ese lugar, que me había hablado, y que esa palabra que se predicó estaba yendo a mi corazón directamente, como si hubieran sabido nuestra vida.
Y ese momento es el momento al cual nos refugiamos para recordar: "Yo decidí vivir una vida en él. Y sí, las circunstancias han cambiado. Y si las cosas no están como yo esperaba, pero aún así voy a perseverar. Voy a perseverar porque después de haber cumplido su voluntad en mí, estoy seguro que voy a recibir lo que él ha prometido."
Ese es el corazón de Dios para cada uno de nosotros. Tenemos un Dios bueno, un Dios con grandes planes para cada uno de nosotros. Lo único que nos queda es perseverar en él y a su tiempo veremos la promesa de Dios cumplida.
Que tu fe no caduque. Que tu fe no expire.
Alguna persona de repente está invitado, invitada aquí. Somos una iglesia, una iglesia que se reúne en un espacio que alquilamos, pero somos una iglesia, somos una familia caminando juntos hacia el cielo. Y la única forma de ser parte de la familia es volverte un hijo, una hija de Dios.
La Biblia dice que si tú confiesas con tu boca y crees con tu corazón la obra de Jesús en la cruz, Dios nos da el derecho de ser llamados hijos, hijas de Dios. Entonces, quiero pedirles que cierren los ojos en este momento.
Si tú estás aquí por la primera vez y te has estado pensando cuándo voy a empezar a caminar con Dios, quizás hoy es tu día uno. Si tú quieres hacer una oración para empezar una vida como hijo de Dios, como hija de Dios, te pido por favor que donde estés levantes tu mano para hacerme una señal. Me gustaría hacer una oración contigo. Es una oración muy sencilla, pero poderosa.
Levantar la mano no es un requisito para hacer esta oración. Si tú no has levantado tu mano pero quieres hacer esta oración, solamente pon tu mirada en Jesús. Mantén tus ojos cerrados para que nadie te distraiga.
Los invito a seguir esta oración. Repitan después de mí:
Padre nuestro que estás en el cielo, esta tarde yo quiero entregar mi vida a Jesús. Señor Jesús, hoy yo te reconozco como mi Señor y Salvador. Enséñame a vivir para ti todos los días de mi vida y enséñame a cuidar mi fe en ti hasta ver cumplida tu promesa en mi vida y en mi familia. En el nombre de Jesús. Amén.
Esta semana pasada tuvimos que ordenar un pequeño almacén que estaba hecho una desgracia. Saben cómo es: empiezas a organizar, pero no terminas de ordenar y finalmente dices, "Ya no importa el resto, mete todo como estaba," y queda peor de cuando empezaste. Habíamos hecho ya como dos o tres intentos.
Finalmente lo ordenamos y en medio de todo ese orden encontramos paquetes de galletas. Éramos como ocho personas arreglando, y entonces el paquete de galletas fue como una bendición de los cielos. Habían más de 100 galletas GN, mis favoritas.
Lo primero que hice fue abrirlas, pero alguien me dijo: "Espera. ¿De cuándo serán esas galletas?" Es una buena pregunta. Empezamos a buscar la fecha de vencimiento. Todo tiene una fecha de vencimiento, ¿no? Finalmente encontramos que vencía el siguiente mes. Decidimos abrirlas y fue un error porque estaban ya malogradas. Habían estado mucho tiempo ahí guardadas, el sol y lo demás.
Y eso me hizo recordar un pasaje que había visto hace unos días.
Vamos a Éxodo 16. Un poco de contexto: el pueblo de Dios estaba harto de estar en Egipto. Habían pasado cerca de 400 años ahí y clamaron a Dios. Dios escogió a Moisés para liberar al pueblo y sacarlo de Egipto. Y apenas había pasado un mes de ese momento.
"Si tan solo el Señor nos hubiera matado en Egipto. Allá nos sentábamos junto a las ollas llenas de carne y comíamos todo el pan que se nos antojaba, pero ahora tú nos has traído en este desierto para matarnos de hambre."
Entonces el Señor le dijo a Moisés:
"Mira, haré llover alimento del cielo para ustedes. Cada día la gente podrá salir a recoger todo el alimento necesario para ese día. Para ese día. Con esto les pondré a prueba para ver si siguen o no mis instrucciones. El sexto día juntarán el alimento y cuando preparen la comida habrá el doble de lo normal."
¿Por qué? Porque el séptimo día era el día de descanso y no podían hacer nada. Dios estaba proveyendo el sexto día doble porción para que el séptimo no tuvieran que trabajar y pudieran comer. Dios es una maravilla.
"Esa tarde llegó una cantidad enorme de codornices que cubrieron el campamento y la mañana siguiente los alrededores del campamento estaban húmedos de rocío. Cuando el rocío se evaporó, la superficie del desierto quedó cubierta por unos copos de una sustancia ojaldrada y fina como escarcha."
Los israelitas quedaron perplejos y se preguntaban unos a otros: "¿Qué es esto?" Moisés le dijo: "Este es el pan que el Señor les da para comer. Cada grupo familiar juntará todo lo que necesite. Recojan 2 litros por cada persona en su carpa."
Así que los israelitas hicieron lo que les dijo. Algunos recogieron mucho, otros solo poco, pero cuando lo midieron, cada uno tenía lo justo y necesario. Me encanta eso. A veces nos preocupamos, pero todos tenemos lo justo y necesario.
"A los que recogieron mucho, nada le sobraba. Y a los que recogieron solo un poco, nada le faltaba. Cada familia tuvo justo lo que necesitaba."
Entonces Moisés le dijo: "No guarden nada para el día siguiente." Sin embargo, algunos no hicieron caso y guardaron un poco hasta la mañana siguiente, pero para entonces se había llenado de gusanos y apestaba. Y Moisés se enojó mucho con ellos.
Cuando lees acerca de Éxodo y el pueblo de Dios, es tan fácil verse reflejado en el pueblo de Dios. ¿Por qué somos así? ¿Por qué no somos diferentes? Porque Dios lo único que quería era desarrollar confianza en nosotros. Quería que aprendiéramos a confiar en él.
¿Por qué? Porque pasaron 400 años. Generación tras generación tras generación. Había una memoria en el cuerpo, en la mente, en el corazón de esta gente que por 400 años vivieron de una forma, y ahora Dios tenía que cambiar, transformar esa mentalidad, esa forma de ver las cosas a la mentalidad y la forma de Dios.
Dios tenía que hacer que su pueblo cambiara en cuanto a su mentalidad. Era un pueblo que estaba acostumbrado a vivir según había aprendido en Egipto y habían olvidado cuál era el corazón de Dios para su pueblo. Y Dios tenía que cambiar esa mentalidad y por eso puso una columna de fuego y puso una nube. Para que la gente anduviera, para que aprendiera.
"Cuando Dios te dice anda, anda. Cuando Dios te dice pausa, pausa."
Pero quizás yo quiero seguir avanzando. Quizás yo puedo seguir avanzando. Pero Dios te dice: "Espérate, yo sé que tú puedes, yo sé que tú puedes. Pero no se trata de tu capacidad. Se trata de que tú aprendas cuál es mi corazón: a seguirme cuando yo te diga anda, a parar cuando yo te diga no, por más que ante tus ojos parezca que deberías seguir avanzando."
Ese era el corazón de Dios. Y así es como arrancó. Pero a los 30 días—no pasaron más de 30 días—el pueblo ya estaba quejándose.
Habían visto el mar abierto en dos. No solamente cruzaron por en medio del mar. Habían visto el poder de Dios y en 30 días habían olvidado por completo. ¿Por qué? Porque las circunstancias cambiaron, y cuántas veces en nuestras vidas cambia la circunstancia y de pronto cambia nuestro enfoque, cambia nuestra confianza.
Tenemos un Dios que es el mismo ayer, hoy y siempre. Tenemos un Dios que no cambia. Y qué bueno que tenemos un Dios que no cambia. Pero las circunstancias cambian. Y cuando las circunstancias cambian, nuestra confianza es sacudida.
Todos sabemos que si Dios hizo por nosotros algo antes, ahora lo hará nuevamente. Pero a veces uno siente: "Ay, otra vez voy a tener que poner mi confianza." Sí, pero empieza a ver atrás.
Antes ponías tu confianza por un sol. Ahora le estás creyendo a Dios por 1000, por 2000, por 10,000, por la cuota de la casa. Tu fe ha sido extendida. Por favor, date cuenta que en este camino con Dios, Dios ha ido desarrollando confianza en él y tu fe ha crecido.
Ya no le crees a Dios por lo que le creías antes. Ahora le crees a Dios por mucho más cosas. Pero lo que pasa es que sentimos como nos sentíamos antes: "Ah, Dios, lo harás. Yo sé que sí. Yo voy a ver tu mano." Y estamos en ese proceso, en ese tire y afloje, porque las cosas son diferentes cuando estamos en la cancha.
Es muy fácil hablar desde afuera. Qué fácil es armar teorías desde afuera, pero es en la cancha donde ocurren las cosas. Y la verdad es que la memoria de los milagros que hemos pasado no borra el dolor que producen las necesidades de hoy. Ese dolor es real. Pero así como ese dolor es real, es real que tenemos un Dios que no nos va a abandonar, que está a nuestro lado, que está caminando con nosotros y que va a ver el cumplimiento de su palabra en cada una de nuestras vidas.
Tan real una cosa como la otra.
¿En qué momento empieza a caducar nuestra fe? ¿Qué cosas ponen esa fecha de caducidad en nuestra fe?
De repente son las deudas. De repente son las peleas de pareja. De repente es la dificultad de criar a nuestros hijos. De repente es el que no se haya abierto las puertas por el trabajo que estaban esperando recibir. De repente es el negocio que no está saliendo como estaban esperando.
Mira el verso 8:
"Y añadió Moisés, esta tarde el Señor les dará de comer carne y mañana los saciará de pan, pues ya los oyó quejarse contra él. Porque, ¿quiénes somos nosotros? Ustedes no están murmurando contra nosotros, dijo Moisés refiriéndose a él y Aarón. No se están quejando de nosotros, se están quejando de Dios."
Es alucinante porque el pueblo de Dios en ese momento, en vez de ser conocido como un pueblo de oración, estaba siendo conocido como un pueblo de queja.
¿Cómo queremos ser conocidos delante de Dios? ¿Cómo queremos que Dios actúe a través de nuestra queja, de nuestro berrinche, de nuestro mal genio, o a través de levantar una oración de fe, de confianza? Una oración que se transforme en alabanza delante de nuestro Dios y podamos decir: "Dios, yo quiero ver lo que tú vas a hacer en esa circunstancia. Yo quiero ver lo que tú vas a hacer en medio de esa situación."
El problema de las circunstancias es que editan nuestra memoria y nos olvidamos.
Cada uno de nosotros llegó aquí de una manera diferente. De pronto algunos vinieron con relaciones destruidas, viviendo encontrándose con una persona y después con otra, y dijeron: "No, yo quiero vivir una vida ordenada con Dios." Pero después, si pasamos bien el tiempo, empezamos a recordar algunas cosas que nos gustaban y nos olvidamos de todo el pesar de esas decisiones sobre nuestras vidas.
Un amigo se me acercó hace unos meses, un amigo que no viene a la iglesia, y empezó a decirme lo pésimo que iba su matrimonio, lo horrible que le estaba pasando, casi en lágrimas. Mientras lo escuchaba dije: si Dios me lo ha puesto ahí, de repente es que necesita saber que Dios tiene una esperanza para su situación.
Entonces le dije solamente: "¿Y has probado caminar con Dios?" Me dijo: "Sí, sí, sí, ni me hables. Ya probé, ya no me pueden decir que no he probado todo. Ya lo probé todo y no funciona. Me he vuelto loco, no aguanto más."
Mientras se iba, pregunté a Dios: "¿Qué fue?" Y Dios me dijo: "¿Cuánto tiempo tomó malograr su matrimonio?" Más de 10 años. 10 años malogrando el matrimonio con todo lo que se les puede ocurrir, y de pronto quería que en 3 meses Dios arregle todo.
Somos expertos en malograr a veces nuestra vida, en tomar las peores decisiones. No sé si les ha pasado: toman mal una decisión y dicen "No voy a hacer de nuevo," y de nuevo estás ahí. Pareces una persona que cae profesionalmente en lo mismo. Y llevas 5, 10, 15 años siendo maestro cayendo allí, y de pronto vienes a Dios y quieres que en 30 días todo esté arreglado.
No te estoy diciendo que Dios no tiene el poder para hacerlo. Por supuesto, lo puede hacer en un microsegundo. Pero no se trata del poder de Dios. Se trata de que Dios tiene que construir una nueva forma de ver las cosas, de hacer las cosas, de entender las cosas en nosotros, porque si no caemos en lo mismo otra vez.
¿Cuántos de nosotros hemos querido decir: "Ya no voy a comer pan"? Algunos levanten la mano. Vamos a hacer un grupo de oración. ¿Y cuántos de nosotros que estamos con la mano levantada hemos vuelto a comer pan? ¿Por qué? Porque nos gusta, pues. Pero sabemos que nos hace daño y entramos en ese conflicto y seguimos en esa batalla.
God tiene que seguir renovando nuestra mente y saber que no se trata de que te guste o no te guste, sino de lo que te hace bien o lo que no te hace bien para poder caminar una vida en confianza en él.
El pueblo por muchos años estuvo dando vueltas en el desierto, y es alucinante que pasara toda una generación para que ese pueblo llegara a la tierra que Dios había prometido. ¿Por qué? Porque bien es cierto que el pueblo seguía la nube, seguía la columna de fuego, pero no estaba siguiendo a Dios.
He visto a lo largo de este tiempo gente venir y gente irse, y después de años volver unas semanas y volverse a ir. Vengan cuando quieran. Pero cada vez dicen: "Yo quiero que Dios haga algo con mi vida." Bueno, mantén tu vida en Dios.
Por eso, pastor Robert suele decir: entrégale un año de tu vida a Dios. ¿Qué es entregarle un año de tu vida a Dios? Comprometerte con Dios un año. No se trata de venir a la iglesia un año. Eso no es suficiente.
Mi suegra solía decir: "Dormir en la cochera no te hace carro. Venir a la iglesia no te hace cristiano. Venir a la iglesia no nos hace hijos, hijas de Dios. Lo que nos hace hijos, hijas de Dios es mantenernos caminando en su palabra."
Cuando nos mantenemos caminando en su palabra es que Dios empieza a construir esa identidad de nosotros, de él en nosotros como hijos, hijas suyos.
¿Qué cosas hacen tambalear tu confianza en Dios? El dinero, las peleas, los conflictos mundiales, las conspiraciones, el Twitter. ¿Sabes cuál es el corazón de Dios en medio de todo esto?
En Hebreos 10:35-36 dice:
"Así que no abandonen su confianza en Dios, la cual ha de ser grandemente recompensada. Ustedes necesitan perseverar para que después de haber cumplido la voluntad de Dios reciban lo que él ha prometido."
Amigos, todos, todas estamos aquí viviendo una vida de perseverancia en Dios. ¿Sabes por qué venimos a la iglesia? Para refrescar nuestra vida en él, para recuperar esa frescura de la primera vez, ese encuentro de la primera vez, cuando sentimos en nuestro corazón y sabíamos que Dios había estado en ese lugar, que me había hablado, y que esa palabra que se predicó estaba yendo a mi corazón directamente, como si hubieran sabido nuestra vida.
Y ese momento es el momento al cual nos refugiamos para recordar: "Yo decidí vivir una vida en él. Y sí, las circunstancias han cambiado. Y si las cosas no están como yo esperaba, pero aún así voy a perseverar. Voy a perseverar porque después de haber cumplido su voluntad en mí, estoy seguro que voy a recibir lo que él ha prometido."
Ese es el corazón de Dios para cada uno de nosotros. Tenemos un Dios bueno, un Dios con grandes planes para cada uno de nosotros. Lo único que nos queda es perseverar en él y a su tiempo veremos la promesa de Dios cumplida.
Que tu fe no caduque. Que tu fe no expire.
Alguna persona de repente está invitado, invitada aquí. Somos una iglesia, una iglesia que se reúne en un espacio que alquilamos, pero somos una iglesia, somos una familia caminando juntos hacia el cielo. Y la única forma de ser parte de la familia es volverte un hijo, una hija de Dios.
La Biblia dice que si tú confiesas con tu boca y crees con tu corazón la obra de Jesús en la cruz, Dios nos da el derecho de ser llamados hijos, hijas de Dios. Entonces, quiero pedirles que cierren los ojos en este momento.
Si tú estás aquí por la primera vez y te has estado pensando cuándo voy a empezar a caminar con Dios, quizás hoy es tu día uno. Si tú quieres hacer una oración para empezar una vida como hijo de Dios, como hija de Dios, te pido por favor que donde estés levantes tu mano para hacerme una señal. Me gustaría hacer una oración contigo. Es una oración muy sencilla, pero poderosa.
Levantar la mano no es un requisito para hacer esta oración. Si tú no has levantado tu mano pero quieres hacer esta oración, solamente pon tu mirada en Jesús. Mantén tus ojos cerrados para que nadie te distraiga.
Los invito a seguir esta oración. Repitan después de mí:
Padre nuestro que estás en el cielo, esta tarde yo quiero entregar mi vida a Jesús. Señor Jesús, hoy yo te reconozco como mi Señor y Salvador. Enséñame a vivir para ti todos los días de mi vida y enséñame a cuidar mi fe en ti hasta ver cumplida tu promesa en mi vida y en mi familia. En el nombre de Jesús. Amén.