Sermon Series: A Través del Nuevo Testamento en 2 Años (Mateo)
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Estamos llegando casi a la mitad del evangelio de Mateo en nuestro recorrido de dos años por el Nuevo Testamento. Mateo nos ha presentado el reino de Dios a través de Jesús de manera progresiva. Primero, Jesús proclamó el reino y llamó a las personas a arrepentirse y someterse a su autoridad. Luego presentó el manifiesto del reino en el Sermón del Monte, no como instrucciones para entrar al reino, sino como una descripción de cómo se ve el reino de Dios cuando lo sigues.
En la segunda sección vimos a Jesús demostrando el poder del reino a través de nueve historias de sanidades, restauración y reconciliación. Esto culminó con el llamado a los discípulos a hacer lo que Jesús había estado haciendo: proclamar el reino.
Ahora, en la tercera sección que cerramos hoy, Mateo explora por qué las personas toman decisiones diferentes acerca de Jesús. Aunque él es el Rey, el Salvador, Emanuel, Dios con nosotros, hay respuestas diversas. Mientras algunos lo rechazaban abiertamente, otros se humillaban, reconocían a Cristo y se arrepentían para seguirle como su rey.
Jesús enseña que el reino de Dios crece en un mundo mezclado con discípulos falsos y verdaderos. Un hombre siembra buena semilla, pero mientras duermen, su enemigo siembra cizaña. Cuando los siervos ven que crece la mala hierba, quieren arrancarla de inmediato. Pero el amo les dice: "No, dejar crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega."
Esta parábola revela algo profundo: superficialmente no es fácil distinguir entre verdaderos y falsos discípulos. La cizaña se parece al trigo por fuera, pero por dentro está vacía, sin semillas. Solo cuando la sostienes y la trituradas descubres que no tiene sustancia. El juicio final—cuando Dios separe lo verdadero de lo falso—pertenece solo a Dios, no a nosotros.
Nuestro papel es seguir sembrando la semilla del reino y confiar en el Señor. No nos corresponde arrancar a los falsos discípulos. Esa tarea será de los ángeles en el día del Señor.
Jesús continúa: "El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza que un hombre tomó y sembró en su campo, el cual, a la verdad es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando ha crecido es la mayor de las hortalizas."
La semilla de mostaza es insignificante, tan pequeña que podrías perderla de vista. Pero cuando crece, se convierte en un árbol robusto donde anidan las aves del cielo.
Esta parábola señala directamente a los líderes religiosos que desprecian a Jesús. Ellos esperaban fuegos artificiales, un líder político-militar que destruyera a los enemigos de Israel. Pero Jesús trae el poder oculto del reino: la transformación del corazón de las personas. Personas rotas, enfermas, infieles se reconcilian con Dios. Este poder invisible tiene un potencial enorme y lo transforma todo desde adentro.
Es como nos recuerda Salomón: "Ignoras cómo se forma los bebés dentro del vientre. Así ignoramos la obra que Dios hace." El poder oculto de su reino es esta semilla pequeña, pero que tiene gran potencial. Quizás hablaste del evangelio a alguien y pensaste que no te hizo caso. Pero esa semilla está obrando en su corazón con poder transformador, aunque no lo veas.
"El reino de los cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y escondió en tres medidas de harina hasta que todo fue leudado."
La levadura, aunque pequeña, fermenta toda la masa. Así el reino de Dios obra de manera silenciosa pero poderosa, transformándolo todo desde adentro.
Jesús explica que enseña en parábolas con un propósito dual: endurecen el corazón de quienes rechazan a Jesús y no quieren escucharle, pero abren el corazón y revelan comprensión a quienes están atentos y quieren saber más.
Como Isaías profetizó: "Abriré en parábolas mi boca, declararé cosas escondidas desde la fundación del mundo."
Hay dos tipos de personas: los que, como los líderes religiosos, oyen pero se endurecen; y los discípulos que preguntan: "Explícanos, Señor." Esa es la respuesta correcta ante la enseñanza de Jesús.
Jesús agrupa parábolas sobre quiénes aprecian verdaderamente el reino:
"El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla y lo esconde de nuevo, y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene y compra aquel campo."
"También el reino de los cielos semejante a un mercader que busca perlas, que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía y la compró."
Estas parábolas revelan un llamado radical al discipulado. El reino de Dios lo exige todo. No hay un 99%, no hay neutralidad. O recibes el mensaje del reino y te rindes completamente a Jesús como tu Señor, o estás rechazando su reino.
Pero para quien descubre el reino, es un tesoro precioso, una perla que vale la pena perderlo todo. Como dirá Jesús más adelante: "Aquel que quiere proteger su vida, la perderá. Pero aquel que pierde su vida por causa de Jesús, en realidad lo ha ganado todo."
Jesús cierra esta sección hablando de una red: "Asimismo, el reino de los cielos es semejante a una red que echada en el mar recoge de toda clase de peces y una vez llena la sacan a la orilla y sentados recogen lo bueno en cestas y lo malo echan fuera. Así será el fin de los siglos."
El Nuevo Testamento habla claramente de un juicio y una separación de justos e injustos. A veces pensamos que el Antiguo Testamento es todo juicio y el Nuevo Testamento es todo amor. Pero hay más palabras de juicio en los evangelios que en muchos pasajes del Antiguo Testamento.
El mismo Dios del Antiguo Testamento es el Dios del Nuevo Testamento que envió a su Hijo para rescatarnos de nuestro pecado. Jesús recibió el castigo justo que merecíamos, para que podamos librar el juicio y ser parte de su familia, reconciliados con Dios.
Este Dios es bueno, amoroso y justo. Y eso es una buena noticia, porque Dios no puede ser verdaderamente bueno si no está dispuesto a detener la maldad y la injusticia. Un día traerá justicia completa. Pero primero vino el Hijo para recibir ese castigo y juicio que merecíamos, para que podamos ser reconciliados con Dios.
Seguir a Jesús es un camino angosto, pero vale la pena. Perderlo todo por causa de Jesús es ganar completamente todo. Tratar de retener tu vida para ti mismo—un día lo perderás todo.
Cuando Jesús regresa a su tierra natal, Nazaret, la gente se asombra de su sabiduría y milagros. Pero su reacción es rechazo:
"¿De dónde tiene este sabiduría y estos milagros? ¿No es este el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, sus hermanos Jacobo, José, Simón y Judas?"
Jesús responde: "No hay profeta sin honra, sino en su propia tierra y en su casa." Y no hace muchos milagros allí a causa de su incredulidad.
Qué contraste: esta es la familia que lo vio crecer, pero no lo aceptan como el Mesías. Recuerda que la semana pasada vimos que cuando Jesús fue buscado por su madre y hermanos, él preguntó: "¿Quién es mi padre, mi madre y mis hermanos? Los que hacen la voluntad de Dios." Su verdadera familia son aquellos que lo obedecen y creen en él.
La historia comienza con Herodes el tetrarca. Había encarcelado a Juan el Bautista porque Juan le decía: "No te es lícito tenerla"—refiriéndose a Herodías, la esposa del hermano de Herodes.
En el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó y le agradó tanto que prometió darle todo lo que pidiera. Instruida por su madre, pidió: "Dame aquí en un plato la cabeza de Juan el Bautista."
Aunque el rey se entristeció, cumplió su promesa y Juan fue decapitado. Su cabeza fue presentada a la muchacha, quien la llevó a su madre.
Esta es una historia de un rey corrupto, su banquete representa el mundo, el lujo, la búsqueda de estatus y poder. El resultado es tragedia, muerte, dolor, discípulos llorando.
Esta historia también prefigura lo que le sucederá a Jesús. Si hicieron esto a Juan el Bautista por hablar la verdad, ¿qué le sucederá a Jesús? El costo de ser fiel a Dios es que puedes convertirte en una amenaza para quienes rechazan la verdad.
Jesús escucha la noticia sobre Juan y se retira a un lugar desierto. Pero la multitud lo sigue. "Y saliendo Jesús, vio una multitud y tuvo compasión de ellos."
No es la multitud la que interrumpe su descanso, sino la compasión que siente por ella. Esto te recuerda que en otra ocasión Jesús vio a una multitud como ovejas sin pastor y envió a los doce a llevar el mensaje del reino.
Jesús sana a los enfermos. Cuando anochece, los discípulos le piden que despida a la multitud para que compren comida. Pero Jesús responde: "No tiene necesidad de irse. Dadles vosotros de comer."
Los discípulos solo tienen cinco panes y dos peces. Jesús toma el pan, lo bendice, lo levanta al cielo, lo parte y lo distribuye a través de los discípulos. Todos comen y se sacian. Se recogen doce cestas llenas de sobras. Cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños, fueron alimentados.
Nota los detalles: Jesús toma el pan, lo bendice, lo levanta, lo parte y lo reparte. Estos son los mismos gestos que repetirá en la última cena cuando diga: "Esto es mi cuerpo que por vosotros es partido." Jesús se convertirá en el alimento verdadero, el pan del cielo que da vida verdadera.
Más aún, los discípulos ven el milagro mientras participan en él, distribuyendo el pan. Esto los prepara para su futura participación en la tarea del reino. Ellos no son simplemente espectadores; están aprendiendo que son instrumentos a través de los cuales Dios obra, mientras mantienen la fe en que él es la verdadera fuente.
Mateo nuevamente revela la identidad de Jesús: como Moisés que alimentó al pueblo en el desierto, Jesús es el nuevo y mejor Moisés que no solo tiene poder para alimentar, sino que él mismo se convierte en el pan que da vida. Como Eliseo que dio alimento a los hambrientos, Jesús es el profeta definitivo, el cumplimiento de las promesas de Dios. Y como el Salmo 23 describe, aquí está el buen pastor que alimenta a sus ovejas.
Jesús hace que sus discípulos entren en una barca e ir adelante mientras él despide a la multitud. Sube al monte a orar aparte. Por la noche, la barca está en medio del mar, azotada por las olas, con viento contrario.
A la cuarta vigilia de la noche, Jesús viene a ellos andando sobre el mar. Los discípulos se turban: "¡Un fantasma!" Pero Jesús les habla: "Tened ánimo, yo soy. No temáis."
Pedro responde: "Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas." Jesús le dice: "Ven."
Pedro desciende de la barca y comienza a caminar sobre el agua hacia Jesús. Pero al ver el viento fuerte, tiene miedo, comienza a hundirse y clama: "Señor, ¡sálvame!"
Jesús inmediatamente extiende su mano, lo sostiene y le dice: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?"
Cuando suben a la barca, el viento se calma. Entonces los que están en la barca se acercan y lo adoran, diciendo: "Verdaderamente eres el Hijo de Dios."
Esta historia toca el tema del Éxodo. Los judíos temían al mar—representaba el peligro y el caos. En el Antiguo Testamento, solo Dios tiene poder para controlar el caos del mar, como en la historia del diluvio y del Éxodo. Aquí está Jesús, caminando sobre las aguas como el Dios de Israel, el único que puede controlar la tormenta y el caos.
La historia es también un cuadro realista de la vida cristiana. Como Pedro, nuestra vida es a menudo una mezcla de impulsividad, fe, duda y temores. Pero ¿quién es el que siempre nos llama a seguirle y nos rescata cuando nos estamos ahogando? Su mano. Él es quien nos sostiene y cuida de nosotros.
Es alentador que esto le haya pasado a Pedro. Es un recordatorio de que el Señor sigue transformándonos y cambiando nuestras vidas, incluso en nuestras debilidades.
Llegando a la tierra de Generalet, los hombres del lugar lo reconocen. Envían noticia por toda la región y traen a todos los enfermos, rogando que simplemente le dejen tocar el borde de su manto. Todos los que lo tocan quedan sanos.
Llegaron escribas y fariseos de Jerusalén, preguntando: "¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de los ancianos? ¿Por qué no se lavan las manos cuando comen pan?"
Jesús responde mostrando su hipocresía. Dios mandó: "Honra a tu padre y a tu madre." Pero los fariseos enseñan que si alguien dice a su padre o madre: "Es mi ofrenda a Dios todo aquello con que pudiera ayudarte", entonces no honra a su padre ni a su madre. Con sus tradiciones, invalidan el mandamiento de Dios.
"Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías cuando dijo, 'Este pueblo de labios me honra, más su corazón está lejos de mí, pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres.'"
Jesús llama a la multitud y enseña:
"Lo que entra en la boca no contamina al hombre. Más lo que sale de la boca, esto contamina al hombre."
El problema no es la pureza externa. La preocupación de los fariseos por rituales de purificación provenía de su deseo de mantenerse leales a Dios y evitar la idolatría. Pero creían que la pureza era algo externo.
Jesús revela que el verdadero problema es el corazón. El pecado y la idolatría no provienen del exterior, sino del adentro:
"Del corazón salen los malos pensamientos y los homicidios, los adulterios, las forniciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias. Estas son las cosas que contaminan al hombre, pero el comer con las manos sin lavar no contamina al hombre."
Todo pecado tiene como fuente el egoísmo y la idolatría. Los fariseos están preocupados por rituales externos pero no por el corazón transformado. A menos que lo que está en la fuente del hombre—el corazón—cambie, ningún ritual o ceremonia jamás transformará verdaderamente la vida.
Esta es la diferencia entre el reino de Dios y las reglas religiosas. Las reglas pueden crear una apariencia externa de piedad, pero no transforman el corazón.
Jesús sale a la región de Tiro y Sidón, regiones extranjeras, no en Israel. Una mujer cananea de aquella región clama a él:
"Señor hijo de David, ten misericordia de mí. Mi hija es gravemente atormentada por un demonio."
Qué contraste: los fariseos decían: "Por los demonios hace señales"—cuestionando su poder. Esta mujer extranjera, considerada de los antiguos enemigos de Israel, reconoce: "Eres el hijo de David, el Mesías, el rey de la promesa."
Jesús no le responde palabra. Los discípulos le ruegan: "Despídela, pues da voces tras nosotros." La mujer sigue gritando: "Por favor, mi hija, tú eres el hijo de David."
Jesús dice: "No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel."
La mujer se postra ante él: "Señor, socórreme."
Jesús responde: "No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos."
Pero la mujer no se desanima. Dice: "Sí, Señor, pero aún los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos."
Entonces Jesús responde con un elogio que aparece solo en Mateo:
"Oh mujer, grande es tu fe. Hágase contigo como quieres."
Y su hija fue sanada desde aquella hora.
Esta mujer revela lo que Jesús ha estado enseñando: la verdadera pureza, la verdadera fe, proviene de un corazón humilde, que reconoce su condición y su necesidad, que se postra ante Jesús dispuesto a recibir su gracia. No de rituales externos sino de la transformación del corazón.
Mateo utiliza a propósito el término "cananea" para mostrar el contraste con los líderes religiosos. Ella, una mujer extranjera de los antiguos enemigos de Israel, sabe mejor quién es Jesús que los fariseos que estudian las profecías cada día.
Jesús llama a sus discípulos: "Tengo compasión de la gente porque ya hacen tres días que están conmigo y no tienen qué comer y enviarlos en ayunas no quiero, no sea que desmayen en el camino."
Los discípulos preguntan: "¿De dónde tenemos nosotros tantos panes en el desierto para saciar a una multitud tan grande?"
Jesús pregunta: "¿Cuántos panes tenéis?" "Siete y unos pocos pececillos."
De nuevo, Jesús toma los panes, da gracias, los parte y los distribuye. Todos comen y se sacian. Se recogen siete canastas llenas. Cuatro mil hombres, sin contar mujeres y niños, fueron alimentados.
Una vez más en tierra extranjera, Jesús alimenta a los gentiles. Aquí el pueblo lo recibió, escuchó el mensaje, pero la mayoría de Israel lo rechazaría. Dios usaría este endurecimiento para abrir las puertas a los gentiles—cumpliendo la promesa a Abraham de que todas las familias de la tierra serían bendecidas a través de su simiente. Aquí está Jesús trayendo salvación a todas las familias de la tierra.
Llegan los fariseos y saduceos para tentarle, pidiendo que les muestre una señal del cielo.
Jesús responde:
"Cuando anochece decís, buen tiempo, porque el cielo tiene arreboles y por la mañana hoy habrá tempestad porque tiene arreboles, el cielo nublado. Hipócritas, ¿sabéis distinguir el aspecto del cielo? Más las señales de los tiempos no podéis."
Estos son los teólogos del tiempo, estudiosos de las profecías. Deberían reconocer las señales del reino de los cielos. Pero como sus corazones están endurecidos por su religiosidad, no pueden ver las verdaderas señales del cielo—no las nubes y la lluvia, sino el cumplimiento de las promesas en Jesús.
Son evidentes, pero no pueden verlas porque sus corazones están endurecidos. Como dijo W.D. Davis: "La lección principal es que ver no es creer. La verdad es que uno no ve hasta que uno no cree, porque la fe que sostiene al alma gobierna la percepción de uno."
Jesús no fuerza la creencia a través de milagros. Su persuasión es indirecta, para que la fe auténtica se pueda engendrar. Es costumbre de Jesús callarse ante los desafíos de la incredulidad. Es su gran placer darse a conocer a los humildes.
Luego Jesús advierte a los discípulos: "Guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos."
Los discípulos piensan que se refiere al pan que olvidaron traer. Jesús pacientemente les pregunta: "¿Por qué pensáis dentro de vosotros, hombres de poca fe, que no tenéis pan?"
Les recuerda las dos multiplicaciones de panes. Luego explica:
"¿Cómo es que no entendéis que no fue por el pan que os dije que os guardaseis de la levadura de los fariseos y de los saduceos?"
Entonces entienden que no les hablaba de la levadura del pan, sino de la doctrina de los fariseos y de los saduceos.
La levadura representa la hipocresía religiosa. Un poco de levadura fermenta toda la masa, así la hipocresía religiosa es tóxica para la fe de un discípulo. Tengan cuidado con ella.
Jesús lleva a los discípulos a Cesarea de Filipo, un lugar de encrucijada espiritual y decisión. Allí pregunta:
"¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?"
Los discípulos responden: "Unos Juan el Bautista, otros Elías y otros Jeremías o alguno de los profetas."
Son respuestas buenas, pero no son suficientes. Jesús es más que Juan el Bautista o alguno de los profetas.
Entonces Jesús pregunta la pregunta decisiva:
"¿Y vosotros quién decís que soy yo?"
Simón Pedro responde:
"Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente."
Jesús responde:
"Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos."
La fe en Jesús es un regalo del cielo. No fue simplemente la inteligencia o las conclusiones lógicas de Pedro, sino una revelación de Dios Padre. La verdadera comprensión de quién es Jesús va más allá de nuestro entendimiento—es una revelación divina.
Jesús continúa:
"Y yo también te digo que tú eres Pedro y sobre esta roca edificaré mi iglesia y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella."
Jesús cambia el nombre de Simón a Pedro (piedra). Hace un juego de palabras: "Tú eres Pedro y sobre esta roca edificaré mi iglesia." ¿Cuál es esa roca? La confesión de Pedro: "Tú eres el Hijo de Dios. Tú eres el Mesías." Jesús edifica su iglesia sobre el fundamento de la confesión fiel de quién es Jesús.
Esta iglesia que confiesa a Jesús como Señor es invencible. Las puertas del Hades—la muerte y la persecución—no prevalecerán contra ella. Dios la sostendrá.
A Pedro se le dan las llaves del reino de los cielos: "Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos y lo que desates en la tierra será desatado en los cielos."
Pedro y los discípulos son mayordomos del reino. Tienen la responsabilidad de guiar la iglesia con autoridad, llevando el mensaje de que Jesús es el Mesías y Rey.
Desde ese momento, Jesús comienza a enseñar a sus discípulos que "le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos y de los principales sacerdotes y de los escribas y ser muerto y resucitar al tercer día."
Pedro lo toma aparte y lo reprende: "Señor, ten compasión de ti. En ninguna manera te esto te acontezca."
Pero Jesús se vuelve y le dice: "Quítate de delante de mí, Satanás, me eres tropiezo. Porque no pones las miras en las cosas de Dios, sino en la de los hombres."
Luego Jesús dice a sus discípulos:
"Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, toma su cruz y sígame, porque todo aquel que quiere salvar su vida, la perderá, y todo aquel que pierda su vida por causa de mí, la hallará."
Esta es la naturaleza del discipulado: rendición total. No se trata solo de seguir enseñanzas, sino de negar el ego, tomar tu cruz—aceptar el sufrimiento por causa de Cristo—y seguirle.
"¿Qué aprovechará el hombre si ganare todo el mundo y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?"
Nada en este mundo vale más que tu alma, tu vida eterna. Las posesiones, el estatus, el poder—todo se desmorona. Pero quien pierde su vida por causa de Jesús, la salva verdaderamente.
Jesús continúa:
"Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su padre con sus ángeles y entonces pagará cada uno conforme a sus obras."
El juicio es real. Dios recompensará a los que permanecen fieles.
"De cierto os digo que alguno de los que están aquí no gustarán la muerte hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino."
Hemos visto dos banquetes en esta sección:
El banquete de Herodes: representa el mundo, el aquí y el ahora, vivir para uno mismo. Lujo, poder, estatus. Pero su resultado es dolor, muerte, tragedia.
El banquete de Jesús: alimenta a miles, trae vida, restauración, generosidad, sustento. El reino de Dios es completamente distinto a los reinos de este mundo.
El reino de Dios no llega por poder humano ni por señales espectaculares. Viene a través de Jesús el Mesías, con poder oculto, transformador, que obra desde adentro, que cambia corazones rotos y humildes.
Hay dos respuestas posibles: la de los líderes religiosos endurecidos que ven pero no creen, que piden señales pero no se rinden; y la de los discípulos y la mujer cananea que se postran humildes, dicen "Explícanos, Señor", y reciben revelación.
La pregunta decisiva que Jesús nos hace es la misma que hizo a Pedro: "¿Quién dices que soy yo?" Tu respuesta determinará el curso de tu vida eterna.
Estamos llegando casi a la mitad del evangelio de Mateo en nuestro recorrido de dos años por el Nuevo Testamento. Mateo nos ha presentado el reino de Dios a través de Jesús de manera progresiva. Primero, Jesús proclamó el reino y llamó a las personas a arrepentirse y someterse a su autoridad. Luego presentó el manifiesto del reino en el Sermón del Monte, no como instrucciones para entrar al reino, sino como una descripción de cómo se ve el reino de Dios cuando lo sigues.
En la segunda sección vimos a Jesús demostrando el poder del reino a través de nueve historias de sanidades, restauración y reconciliación. Esto culminó con el llamado a los discípulos a hacer lo que Jesús había estado haciendo: proclamar el reino.
Ahora, en la tercera sección que cerramos hoy, Mateo explora por qué las personas toman decisiones diferentes acerca de Jesús. Aunque él es el Rey, el Salvador, Emanuel, Dios con nosotros, hay respuestas diversas. Mientras algunos lo rechazaban abiertamente, otros se humillaban, reconocían a Cristo y se arrepentían para seguirle como su rey.
Jesús enseña que el reino de Dios crece en un mundo mezclado con discípulos falsos y verdaderos. Un hombre siembra buena semilla, pero mientras duermen, su enemigo siembra cizaña. Cuando los siervos ven que crece la mala hierba, quieren arrancarla de inmediato. Pero el amo les dice: "No, dejar crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega."
Esta parábola revela algo profundo: superficialmente no es fácil distinguir entre verdaderos y falsos discípulos. La cizaña se parece al trigo por fuera, pero por dentro está vacía, sin semillas. Solo cuando la sostienes y la trituradas descubres que no tiene sustancia. El juicio final—cuando Dios separe lo verdadero de lo falso—pertenece solo a Dios, no a nosotros.
Nuestro papel es seguir sembrando la semilla del reino y confiar en el Señor. No nos corresponde arrancar a los falsos discípulos. Esa tarea será de los ángeles en el día del Señor.
Jesús continúa: "El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza que un hombre tomó y sembró en su campo, el cual, a la verdad es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando ha crecido es la mayor de las hortalizas."
La semilla de mostaza es insignificante, tan pequeña que podrías perderla de vista. Pero cuando crece, se convierte en un árbol robusto donde anidan las aves del cielo.
Esta parábola señala directamente a los líderes religiosos que desprecian a Jesús. Ellos esperaban fuegos artificiales, un líder político-militar que destruyera a los enemigos de Israel. Pero Jesús trae el poder oculto del reino: la transformación del corazón de las personas. Personas rotas, enfermas, infieles se reconcilian con Dios. Este poder invisible tiene un potencial enorme y lo transforma todo desde adentro.
Es como nos recuerda Salomón: "Ignoras cómo se forma los bebés dentro del vientre. Así ignoramos la obra que Dios hace." El poder oculto de su reino es esta semilla pequeña, pero que tiene gran potencial. Quizás hablaste del evangelio a alguien y pensaste que no te hizo caso. Pero esa semilla está obrando en su corazón con poder transformador, aunque no lo veas.
"El reino de los cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y escondió en tres medidas de harina hasta que todo fue leudado."
La levadura, aunque pequeña, fermenta toda la masa. Así el reino de Dios obra de manera silenciosa pero poderosa, transformándolo todo desde adentro.
Jesús explica que enseña en parábolas con un propósito dual: endurecen el corazón de quienes rechazan a Jesús y no quieren escucharle, pero abren el corazón y revelan comprensión a quienes están atentos y quieren saber más.
Como Isaías profetizó: "Abriré en parábolas mi boca, declararé cosas escondidas desde la fundación del mundo."
Hay dos tipos de personas: los que, como los líderes religiosos, oyen pero se endurecen; y los discípulos que preguntan: "Explícanos, Señor." Esa es la respuesta correcta ante la enseñanza de Jesús.
Jesús agrupa parábolas sobre quiénes aprecian verdaderamente el reino:
"El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla y lo esconde de nuevo, y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene y compra aquel campo."
"También el reino de los cielos semejante a un mercader que busca perlas, que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía y la compró."
Estas parábolas revelan un llamado radical al discipulado. El reino de Dios lo exige todo. No hay un 99%, no hay neutralidad. O recibes el mensaje del reino y te rindes completamente a Jesús como tu Señor, o estás rechazando su reino.
Pero para quien descubre el reino, es un tesoro precioso, una perla que vale la pena perderlo todo. Como dirá Jesús más adelante: "Aquel que quiere proteger su vida, la perderá. Pero aquel que pierde su vida por causa de Jesús, en realidad lo ha ganado todo."
Jesús cierra esta sección hablando de una red: "Asimismo, el reino de los cielos es semejante a una red que echada en el mar recoge de toda clase de peces y una vez llena la sacan a la orilla y sentados recogen lo bueno en cestas y lo malo echan fuera. Así será el fin de los siglos."
El Nuevo Testamento habla claramente de un juicio y una separación de justos e injustos. A veces pensamos que el Antiguo Testamento es todo juicio y el Nuevo Testamento es todo amor. Pero hay más palabras de juicio en los evangelios que en muchos pasajes del Antiguo Testamento.
El mismo Dios del Antiguo Testamento es el Dios del Nuevo Testamento que envió a su Hijo para rescatarnos de nuestro pecado. Jesús recibió el castigo justo que merecíamos, para que podamos librar el juicio y ser parte de su familia, reconciliados con Dios.
Este Dios es bueno, amoroso y justo. Y eso es una buena noticia, porque Dios no puede ser verdaderamente bueno si no está dispuesto a detener la maldad y la injusticia. Un día traerá justicia completa. Pero primero vino el Hijo para recibir ese castigo y juicio que merecíamos, para que podamos ser reconciliados con Dios.
Seguir a Jesús es un camino angosto, pero vale la pena. Perderlo todo por causa de Jesús es ganar completamente todo. Tratar de retener tu vida para ti mismo—un día lo perderás todo.
Cuando Jesús regresa a su tierra natal, Nazaret, la gente se asombra de su sabiduría y milagros. Pero su reacción es rechazo:
"¿De dónde tiene este sabiduría y estos milagros? ¿No es este el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, sus hermanos Jacobo, José, Simón y Judas?"
Jesús responde: "No hay profeta sin honra, sino en su propia tierra y en su casa." Y no hace muchos milagros allí a causa de su incredulidad.
Qué contraste: esta es la familia que lo vio crecer, pero no lo aceptan como el Mesías. Recuerda que la semana pasada vimos que cuando Jesús fue buscado por su madre y hermanos, él preguntó: "¿Quién es mi padre, mi madre y mis hermanos? Los que hacen la voluntad de Dios." Su verdadera familia son aquellos que lo obedecen y creen en él.
La historia comienza con Herodes el tetrarca. Había encarcelado a Juan el Bautista porque Juan le decía: "No te es lícito tenerla"—refiriéndose a Herodías, la esposa del hermano de Herodes.
En el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó y le agradó tanto que prometió darle todo lo que pidiera. Instruida por su madre, pidió: "Dame aquí en un plato la cabeza de Juan el Bautista."
Aunque el rey se entristeció, cumplió su promesa y Juan fue decapitado. Su cabeza fue presentada a la muchacha, quien la llevó a su madre.
Esta es una historia de un rey corrupto, su banquete representa el mundo, el lujo, la búsqueda de estatus y poder. El resultado es tragedia, muerte, dolor, discípulos llorando.
Esta historia también prefigura lo que le sucederá a Jesús. Si hicieron esto a Juan el Bautista por hablar la verdad, ¿qué le sucederá a Jesús? El costo de ser fiel a Dios es que puedes convertirte en una amenaza para quienes rechazan la verdad.
Jesús escucha la noticia sobre Juan y se retira a un lugar desierto. Pero la multitud lo sigue. "Y saliendo Jesús, vio una multitud y tuvo compasión de ellos."
No es la multitud la que interrumpe su descanso, sino la compasión que siente por ella. Esto te recuerda que en otra ocasión Jesús vio a una multitud como ovejas sin pastor y envió a los doce a llevar el mensaje del reino.
Jesús sana a los enfermos. Cuando anochece, los discípulos le piden que despida a la multitud para que compren comida. Pero Jesús responde: "No tiene necesidad de irse. Dadles vosotros de comer."
Los discípulos solo tienen cinco panes y dos peces. Jesús toma el pan, lo bendice, lo levanta al cielo, lo parte y lo distribuye a través de los discípulos. Todos comen y se sacian. Se recogen doce cestas llenas de sobras. Cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños, fueron alimentados.
Nota los detalles: Jesús toma el pan, lo bendice, lo levanta, lo parte y lo reparte. Estos son los mismos gestos que repetirá en la última cena cuando diga: "Esto es mi cuerpo que por vosotros es partido." Jesús se convertirá en el alimento verdadero, el pan del cielo que da vida verdadera.
Más aún, los discípulos ven el milagro mientras participan en él, distribuyendo el pan. Esto los prepara para su futura participación en la tarea del reino. Ellos no son simplemente espectadores; están aprendiendo que son instrumentos a través de los cuales Dios obra, mientras mantienen la fe en que él es la verdadera fuente.
Mateo nuevamente revela la identidad de Jesús: como Moisés que alimentó al pueblo en el desierto, Jesús es el nuevo y mejor Moisés que no solo tiene poder para alimentar, sino que él mismo se convierte en el pan que da vida. Como Eliseo que dio alimento a los hambrientos, Jesús es el profeta definitivo, el cumplimiento de las promesas de Dios. Y como el Salmo 23 describe, aquí está el buen pastor que alimenta a sus ovejas.
Jesús hace que sus discípulos entren en una barca e ir adelante mientras él despide a la multitud. Sube al monte a orar aparte. Por la noche, la barca está en medio del mar, azotada por las olas, con viento contrario.
A la cuarta vigilia de la noche, Jesús viene a ellos andando sobre el mar. Los discípulos se turban: "¡Un fantasma!" Pero Jesús les habla: "Tened ánimo, yo soy. No temáis."
Pedro responde: "Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas." Jesús le dice: "Ven."
Pedro desciende de la barca y comienza a caminar sobre el agua hacia Jesús. Pero al ver el viento fuerte, tiene miedo, comienza a hundirse y clama: "Señor, ¡sálvame!"
Jesús inmediatamente extiende su mano, lo sostiene y le dice: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?"
Cuando suben a la barca, el viento se calma. Entonces los que están en la barca se acercan y lo adoran, diciendo: "Verdaderamente eres el Hijo de Dios."
Esta historia toca el tema del Éxodo. Los judíos temían al mar—representaba el peligro y el caos. En el Antiguo Testamento, solo Dios tiene poder para controlar el caos del mar, como en la historia del diluvio y del Éxodo. Aquí está Jesús, caminando sobre las aguas como el Dios de Israel, el único que puede controlar la tormenta y el caos.
La historia es también un cuadro realista de la vida cristiana. Como Pedro, nuestra vida es a menudo una mezcla de impulsividad, fe, duda y temores. Pero ¿quién es el que siempre nos llama a seguirle y nos rescata cuando nos estamos ahogando? Su mano. Él es quien nos sostiene y cuida de nosotros.
Es alentador que esto le haya pasado a Pedro. Es un recordatorio de que el Señor sigue transformándonos y cambiando nuestras vidas, incluso en nuestras debilidades.
Llegando a la tierra de Generalet, los hombres del lugar lo reconocen. Envían noticia por toda la región y traen a todos los enfermos, rogando que simplemente le dejen tocar el borde de su manto. Todos los que lo tocan quedan sanos.
Llegaron escribas y fariseos de Jerusalén, preguntando: "¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de los ancianos? ¿Por qué no se lavan las manos cuando comen pan?"
Jesús responde mostrando su hipocresía. Dios mandó: "Honra a tu padre y a tu madre." Pero los fariseos enseñan que si alguien dice a su padre o madre: "Es mi ofrenda a Dios todo aquello con que pudiera ayudarte", entonces no honra a su padre ni a su madre. Con sus tradiciones, invalidan el mandamiento de Dios.
"Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías cuando dijo, 'Este pueblo de labios me honra, más su corazón está lejos de mí, pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres.'"
Jesús llama a la multitud y enseña:
"Lo que entra en la boca no contamina al hombre. Más lo que sale de la boca, esto contamina al hombre."
El problema no es la pureza externa. La preocupación de los fariseos por rituales de purificación provenía de su deseo de mantenerse leales a Dios y evitar la idolatría. Pero creían que la pureza era algo externo.
Jesús revela que el verdadero problema es el corazón. El pecado y la idolatría no provienen del exterior, sino del adentro:
"Del corazón salen los malos pensamientos y los homicidios, los adulterios, las forniciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias. Estas son las cosas que contaminan al hombre, pero el comer con las manos sin lavar no contamina al hombre."
Todo pecado tiene como fuente el egoísmo y la idolatría. Los fariseos están preocupados por rituales externos pero no por el corazón transformado. A menos que lo que está en la fuente del hombre—el corazón—cambie, ningún ritual o ceremonia jamás transformará verdaderamente la vida.
Esta es la diferencia entre el reino de Dios y las reglas religiosas. Las reglas pueden crear una apariencia externa de piedad, pero no transforman el corazón.
Jesús sale a la región de Tiro y Sidón, regiones extranjeras, no en Israel. Una mujer cananea de aquella región clama a él:
"Señor hijo de David, ten misericordia de mí. Mi hija es gravemente atormentada por un demonio."
Qué contraste: los fariseos decían: "Por los demonios hace señales"—cuestionando su poder. Esta mujer extranjera, considerada de los antiguos enemigos de Israel, reconoce: "Eres el hijo de David, el Mesías, el rey de la promesa."
Jesús no le responde palabra. Los discípulos le ruegan: "Despídela, pues da voces tras nosotros." La mujer sigue gritando: "Por favor, mi hija, tú eres el hijo de David."
Jesús dice: "No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel."
La mujer se postra ante él: "Señor, socórreme."
Jesús responde: "No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos."
Pero la mujer no se desanima. Dice: "Sí, Señor, pero aún los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos."
Entonces Jesús responde con un elogio que aparece solo en Mateo:
"Oh mujer, grande es tu fe. Hágase contigo como quieres."
Y su hija fue sanada desde aquella hora.
Esta mujer revela lo que Jesús ha estado enseñando: la verdadera pureza, la verdadera fe, proviene de un corazón humilde, que reconoce su condición y su necesidad, que se postra ante Jesús dispuesto a recibir su gracia. No de rituales externos sino de la transformación del corazón.
Mateo utiliza a propósito el término "cananea" para mostrar el contraste con los líderes religiosos. Ella, una mujer extranjera de los antiguos enemigos de Israel, sabe mejor quién es Jesús que los fariseos que estudian las profecías cada día.
Jesús llama a sus discípulos: "Tengo compasión de la gente porque ya hacen tres días que están conmigo y no tienen qué comer y enviarlos en ayunas no quiero, no sea que desmayen en el camino."
Los discípulos preguntan: "¿De dónde tenemos nosotros tantos panes en el desierto para saciar a una multitud tan grande?"
Jesús pregunta: "¿Cuántos panes tenéis?" "Siete y unos pocos pececillos."
De nuevo, Jesús toma los panes, da gracias, los parte y los distribuye. Todos comen y se sacian. Se recogen siete canastas llenas. Cuatro mil hombres, sin contar mujeres y niños, fueron alimentados.
Una vez más en tierra extranjera, Jesús alimenta a los gentiles. Aquí el pueblo lo recibió, escuchó el mensaje, pero la mayoría de Israel lo rechazaría. Dios usaría este endurecimiento para abrir las puertas a los gentiles—cumpliendo la promesa a Abraham de que todas las familias de la tierra serían bendecidas a través de su simiente. Aquí está Jesús trayendo salvación a todas las familias de la tierra.
Llegan los fariseos y saduceos para tentarle, pidiendo que les muestre una señal del cielo.
Jesús responde:
"Cuando anochece decís, buen tiempo, porque el cielo tiene arreboles y por la mañana hoy habrá tempestad porque tiene arreboles, el cielo nublado. Hipócritas, ¿sabéis distinguir el aspecto del cielo? Más las señales de los tiempos no podéis."
Estos son los teólogos del tiempo, estudiosos de las profecías. Deberían reconocer las señales del reino de los cielos. Pero como sus corazones están endurecidos por su religiosidad, no pueden ver las verdaderas señales del cielo—no las nubes y la lluvia, sino el cumplimiento de las promesas en Jesús.
Son evidentes, pero no pueden verlas porque sus corazones están endurecidos. Como dijo W.D. Davis: "La lección principal es que ver no es creer. La verdad es que uno no ve hasta que uno no cree, porque la fe que sostiene al alma gobierna la percepción de uno."
Jesús no fuerza la creencia a través de milagros. Su persuasión es indirecta, para que la fe auténtica se pueda engendrar. Es costumbre de Jesús callarse ante los desafíos de la incredulidad. Es su gran placer darse a conocer a los humildes.
Luego Jesús advierte a los discípulos: "Guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos."
Los discípulos piensan que se refiere al pan que olvidaron traer. Jesús pacientemente les pregunta: "¿Por qué pensáis dentro de vosotros, hombres de poca fe, que no tenéis pan?"
Les recuerda las dos multiplicaciones de panes. Luego explica:
"¿Cómo es que no entendéis que no fue por el pan que os dije que os guardaseis de la levadura de los fariseos y de los saduceos?"
Entonces entienden que no les hablaba de la levadura del pan, sino de la doctrina de los fariseos y de los saduceos.
La levadura representa la hipocresía religiosa. Un poco de levadura fermenta toda la masa, así la hipocresía religiosa es tóxica para la fe de un discípulo. Tengan cuidado con ella.
Jesús lleva a los discípulos a Cesarea de Filipo, un lugar de encrucijada espiritual y decisión. Allí pregunta:
"¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?"
Los discípulos responden: "Unos Juan el Bautista, otros Elías y otros Jeremías o alguno de los profetas."
Son respuestas buenas, pero no son suficientes. Jesús es más que Juan el Bautista o alguno de los profetas.
Entonces Jesús pregunta la pregunta decisiva:
"¿Y vosotros quién decís que soy yo?"
Simón Pedro responde:
"Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente."
Jesús responde:
"Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos."
La fe en Jesús es un regalo del cielo. No fue simplemente la inteligencia o las conclusiones lógicas de Pedro, sino una revelación de Dios Padre. La verdadera comprensión de quién es Jesús va más allá de nuestro entendimiento—es una revelación divina.
Jesús continúa:
"Y yo también te digo que tú eres Pedro y sobre esta roca edificaré mi iglesia y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella."
Jesús cambia el nombre de Simón a Pedro (piedra). Hace un juego de palabras: "Tú eres Pedro y sobre esta roca edificaré mi iglesia." ¿Cuál es esa roca? La confesión de Pedro: "Tú eres el Hijo de Dios. Tú eres el Mesías." Jesús edifica su iglesia sobre el fundamento de la confesión fiel de quién es Jesús.
Esta iglesia que confiesa a Jesús como Señor es invencible. Las puertas del Hades—la muerte y la persecución—no prevalecerán contra ella. Dios la sostendrá.
A Pedro se le dan las llaves del reino de los cielos: "Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos y lo que desates en la tierra será desatado en los cielos."
Pedro y los discípulos son mayordomos del reino. Tienen la responsabilidad de guiar la iglesia con autoridad, llevando el mensaje de que Jesús es el Mesías y Rey.
Desde ese momento, Jesús comienza a enseñar a sus discípulos que "le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos y de los principales sacerdotes y de los escribas y ser muerto y resucitar al tercer día."
Pedro lo toma aparte y lo reprende: "Señor, ten compasión de ti. En ninguna manera te esto te acontezca."
Pero Jesús se vuelve y le dice: "Quítate de delante de mí, Satanás, me eres tropiezo. Porque no pones las miras en las cosas de Dios, sino en la de los hombres."
Luego Jesús dice a sus discípulos:
"Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, toma su cruz y sígame, porque todo aquel que quiere salvar su vida, la perderá, y todo aquel que pierda su vida por causa de mí, la hallará."
Esta es la naturaleza del discipulado: rendición total. No se trata solo de seguir enseñanzas, sino de negar el ego, tomar tu cruz—aceptar el sufrimiento por causa de Cristo—y seguirle.
"¿Qué aprovechará el hombre si ganare todo el mundo y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?"
Nada en este mundo vale más que tu alma, tu vida eterna. Las posesiones, el estatus, el poder—todo se desmorona. Pero quien pierde su vida por causa de Jesús, la salva verdaderamente.
Jesús continúa:
"Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su padre con sus ángeles y entonces pagará cada uno conforme a sus obras."
El juicio es real. Dios recompensará a los que permanecen fieles.
"De cierto os digo que alguno de los que están aquí no gustarán la muerte hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino."
Hemos visto dos banquetes en esta sección:
El banquete de Herodes: representa el mundo, el aquí y el ahora, vivir para uno mismo. Lujo, poder, estatus. Pero su resultado es dolor, muerte, tragedia.
El banquete de Jesús: alimenta a miles, trae vida, restauración, generosidad, sustento. El reino de Dios es completamente distinto a los reinos de este mundo.
El reino de Dios no llega por poder humano ni por señales espectaculares. Viene a través de Jesús el Mesías, con poder oculto, transformador, que obra desde adentro, que cambia corazones rotos y humildes.
Hay dos respuestas posibles: la de los líderes religiosos endurecidos que ven pero no creen, que piden señales pero no se rinden; y la de los discípulos y la mujer cananea que se postran humildes, dicen "Explícanos, Señor", y reciben revelación.
La pregunta decisiva que Jesús nos hace es la misma que hizo a Pedro: "¿Quién dices que soy yo?" Tu respuesta determinará el curso de tu vida eterna.