Un llamado a renovar nuestra mente y vivir de manera coherente con la Palabra de Dios
Continue exploring
Connected by scripture or shared themes.
Un llamado a renovar nuestra mente y vivir de manera coherente con la Palabra de Dios
Continue exploring
Connected by scripture or shared themes.
Hoy celebramos nuestro primer miércoles del año y nuestra primera Santa Cena juntos. Este es también un momento especial: estamos cumpliendo 27 años como iglesia. Quisiera compartir una reflexión que ha estado pesando en mi corazón durante este tiempo.
Soy muy consciente de que el tiempo de vida que me queda es mucho menor que el tiempo que he servido en esta iglesia. Si Dios me regala 13 años más, tendría alrededor de 80 años. Esto me ha llevado a preguntarme: ¿qué sucederá cuando yo no esté? No porque yo sea la figura responsable—Cristo es quien lo es—pero lo que uno comienza está muy cercano al corazón.
Durante estos últimos domingos, hemos compartido un mensaje consistente. Hace dos semanas, el hermano Fabio nos hablo de Josué, quien enfrentaba la misma preocupación sobre el futuro de Israel después de su partida. Josué les dijo: "Decidid hoy si vais a servir a los dioses que sirvieron vuestros padres...o si vais a servir a los dioses de los cananeos...pero yo y mi casa serviremos a Jehová" (Josué 24).
Hemos estado meditando en esto porque el sermón es efímero. Lo predicamos 45, 50 minutos, la gente dice amén, gloria a Dios, pero luego se olvida. Eso me ha motivado a seguir reflexionando sobre esta verdad al inicio de nuestro año 27.
Hace años escribí un libro titulado Renueva tu Mente. Surgió de una pregunta profunda que alguien me hizo: ¿Cuál es tu mayor frustración en el ministerio pastoral? Respondí con total honestidad:
Lo más frustrante en mis años de pastor ha sido ver la dicotomía entre lo que el cristiano profesa cuando está en la iglesia y la manera como vive el resto de la semana.
Buscando la razón de este "divorcio" tan evidente, descubrí que la mayoría de los cristianos no tienen una mente bíblica. La manera en que pensamos determina la manera en que vivimos. El mero conocimiento de las verdades bíblicas no garantiza un vivir cristiano.
En nuestras mentes se han acumulado mentiras que se han enquistado en nosotros, formando hábitos y fortalezas que nos llevan a comportarnos de maneras difíciles de cambiar. La Palabra de Dios necesita penetrar en nuestra mente y residir allí de forma activa hasta que estas verdades poderosas destruyan las mentiras acumuladas a lo largo de los años.
Las mentiras que hemos creído se transforman en ídolos, y esos ídolos se van apoderando de nuestros afectos. Mientras seguimos declarando a Dios como nuestro primer amor, nuestros afectos por esos ídolos nos llevan a desplazarlo del primer lugar en nuestras vidas.
Hasta el punto en que los ídolos se convierten en nuestro Dios funcional, mientras que al Dios verdadero lo dejamos solamente como nuestro Dios confesional—el Dios que confesamos ante los demás, pero que no es el Dios soberano que determina cómo vivimos.
Esto es lo que surge en mi libro: identificar la causa de lo que podríamos llamar la "doble vida" de muchos creyentes. Una vez descubierto, podemos contribuir a que renueven sus mentes y cambien sus vidas para la gloria de Dios.
Dios nos llamó a amarlo con toda nuestra mente. Por lo tanto, es necesario tener una cosmovisión cristiana que nos lleve a vivir de una manera congruente con nuestro llamado. Necesitamos ver la vida y el mundo tal como Dios lo ve—a través de los lentes de su Palabra—para poder vivir nuestras vidas de manera congruente con su revelación.
La premisa fundamental es que el hombre no conoce lo que es vivir, ni el gozo, ni la felicidad, ni la libertad, ni verse realizado, ni lo que es riqueza conforme al diccionario de Cristo. En otras palabras, Cristo define todas esas cosas de una manera, y nosotros las definimos de otra.
Pablo escribe a Timoteo:
"Enséñales a que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, generosos, prontos a compartir, acumulando para sí el tesoro de un buen fundamento para el futuro, para que puedan echar mano de lo que en verdad es vida" (1 Timoteo 6:18-19).
Tuve una conversación de hora y media con un joven de 17 a 18 años cuyas preguntas giraban alrededor del dinero y el poder político. Pero Pablo está diciendo: No se trata de dinero. Se trata de ser ricos en buenas obras. La manera como Cristo entiende la vida es tan diferente a como nosotros la entendemos.
Esta dicotomía viene desde el jardín del Edén. Adán y Eva expresaron el problema fundamental: nosotros queremos libertad, pero no en los términos de Dios. Queremos libertad en nuestros términos. No queremos que nos limiten nuestros padres, nuestros profesores, nuestros gobiernos, nuestro cónyuge.
Queremos felicidad, pero en nuestros términos. Sin embargo, nuestros términos son los que nos esclavizan. Nos constituimos en juez y parte al mismo tiempo de nuestros propios términos.
Confesamos la fe cristiana en los términos de Cristo. Si alguien nos pregunta: "Define la salvación", respondemos correctamente: Por gracia, por fe solo en Cristo, para la gloria de Dios. Pero vivimos conforme a nuestros propios términos. Lo peor es que sabemos que es así, pero no lo admitimos.
Todos los hombres buscan la felicidad sin excepción. Como dijo Pascal, el matemático francés, es el propósito universal de alcanzar felicidad. La Constitución de Estados Unidos establece que la búsqueda de la felicidad es un derecho inalienable.
Pero la forma como buscamos la felicidad es precisamente lo que nos esclaviza a posesiones y pasiones. Adán y Eva se esclavizaron a sus pasiones y posesiones, y nos esclavizaron a todos.
En 2006 se publicó un libro llamado La Generación del Yo. Tres años después, en 2009, salió La Generación Narcisista. Y en 2012, La Generación del Derecho a Merecerme—la generación que cree que se lo merece todo. Los autores atribuyen esto principalmente a los millennials, nacidos entre 1980 y 2000.
Pero la verdad es que esto ha sido así desde Adán y Eva. Los faraones no vivieron diferente. Los emperadores no vivieron diferente. Salomón no vivió diferente. Es porque tenemos un entendimiento narcisista de la vida.
Mientras busquemos la felicidad en términos horizontales, "desde aquí abajo", continuaremos creando ídolos que entendemos que necesitamos. Y diremos: "Bueno, eso no es malo en sí mismo". Pero necesitamos entender primero qué tiene de bueno antes de afirmar qué tiene de malo.
La forma como nosotros entendemos la libertad es la posibilidad de poder hacer lo que queramos. Pero Dios entiende la libertad como la posibilidad de hacer lo que debiera hacer, lo cual nos evitaría todas las consecuencias que nos traemos nosotros mismos en el ejercicio de nuestra falsa libertad.
Escucha lo que Cristo dijo a la multitud y sus discípulos:
"Si alguien quiere venir conmigo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí y del Evangelio la salvará" (Marcos 8:34-35).
Fíjate que Cristo no dice: "Toma mi cruz". No, esa cruz la estoy tomando yo. Él dice: "Toma su cruz y sígueme".
El comienzo—ni siquiera el principio, sino la ponderación para comenzar a ser discípulo de Cristo—es que primero tienes que negarte a ti mismo. En otras palabras, yo no puedo seguir vivo si yo vivo en ti.
Lo que la cruz nos enseña es que tenemos que perder la vida que siempre pensamos que necesitamos para ganar la vida que siempre quisimos. Si quieres una vida de paz, tienes que morir a tus pasiones, deseos, búsquedas y ambiciones. Si quieres una vida de propósito, de sentido, de significado, de verdadera felicidad—la vida que siempre quisiste—tienes que morir. No puedes seguir con el "yo".
Todos queremos la vida de Pablo. ¿Quién no quisiera tenerla? Lo que no queremos es morir como Pablo murió. Queremos la vida de Pablo viviendo la vida que nosotros queremos.
Pero Pablo escribe a los Gálatas:
"Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gálatas 2:20).
No puedo definitivamente vivir la vida de Pablo si no muero como Pablo.
Pablo escribe a los Corintios:
"Hasta el momento presente pasamos hambre y sed, andamos mal vestidos, somos maltratados y no tenemos dónde vivir. Nos agotamos trabajando con nuestras propias manos. Cuando nos ultrajan, bendecimos. Cuando somos perseguidos lo soportamos. Cuando hablan mal de nosotros, tratamos de reconciliar. Hemos llegado a ser hasta ahora la basura del mundo, el desecho de todos" (1 Corintios 4:11-13).
La cruz de Cristo realmente le dio forma a la vida de Pablo. Si pudieras pensar en la forma de vida de Pablo, tienes que poner la cruz en el centro. Esa fue su vida—moldeada por la cruz.
Pablo dijo: "Ves cómo trajeron a Cristo a la cruz como basura? Así me han tratado a mí. Somos el desecho del mundo. Como trajeron al Maestro, así me traen a mí. Y poco es lo que me hagan".
Si realmente queremos la vida que siempre quisimos, si realmente queremos tener la ley de Dios por sabiduría, si realmente queremos cantar verazmente que viviremos nuestros días para Él, necesitamos renunciar a nosotros mismos. Tenemos que morir a nosotros mismos.
Esto implica renunciar a nuestros privilegios, a nuestros derechos, al deseo de herir a otros cuando somos heridos. El cristiano sabe que la felicidad se encuentra en el camino al Calvario porque Cristo nos manda que muramos antes de comenzar.
Cualquier otro camino te lleva a la esclavitud de tus pasiones, deseos y ambiciones. Te lleva a la esclavitud de los ídolos de tu corazón.
Vemos la cruz de Cristo, su humillación, cómo él perdona al Padre que lo está humillando. Pero cuando alguien nos humilla de la forma más pequeña, decimos: "No tengo que soportar eso". Cristo merece ser humillado para que yo sea salvo. Yo tengo que soportar esa humillación.
¿Te das cuenta de la dicotomía con la que vivimos? Vivimos como si Cristo mereciera más humillación que yo, y yo mereciera más privilegios que él. Sé que no lo piensas así, pero vivimos así.
Si yo no estoy dispuesto a perdonar, a tolerar, a ser humillado, a ser herido, a ser ultrajado, a ser rechazado como a Cristo lo rechazaron, y luego proclamo todo lo que le hicieron a Cristo diciendo "¡Mira la gracia, el amor y la misericordia!", pero yo no hago eso, entonces obviamente pienso que él merece ser humillado más que yo.
Martín Lutero escribió hace 500 años sobre dos teologías. La teología de la gloria pretende vivir en términos de victorias, éxito y prosperidad. Pero el problema es que la iglesia frecuentemente vive en la teología de la gloria.
Cristo, cuando se encarnó, no vino en gloria. Se encarnó en humillación, en debilidad, en servidumbre. Eso es la teología de la cruz.
Lutero dijo algo profundo: Si viviéramos la teología de la cruz, daríamos gracias por cualquier cosa que nos humillara. Si viviéramos la teología de la cruz, el fracaso se convertiría en un amigo y nuestros egos en nuestros enemigos.
La cruz es el camino extraño hacia Dios.
Un teólogo de la cruz ve el sufrimiento como una señal de que Dios está sanando nuestra idea distorsionada de quién es él y cómo funciona. Deuteronomio 8 nos dice que la prosperidad material sin humildad es fatal. Frecuentemente requiere una disciplina dolorosa como señal del cuidado paternal de Dios para nuestras almas.
La prosperidad ha sido la ruina de muchas vidas.
Salomón fue el hombre más sabio que jamás había vivido. En un momento dado, tuvo una conexión con Dios tan increíble que Dios le dijo: "Pídeme lo que quieras. Toma un cheque en blanco".
Pero Salomón respondió: "Yo quiero una sola cosa. Quiero sabiduría para gobernar tu pueblo". No podía ser más Dios-céntrico que eso.
Dios le dijo: "Esa petición es tan impresionante que te haré el hombre más sabio que haya vivido. Pero porque no has pedido oro, plata ni fama, te daré todo eso también".
¿Sabes lo que pasó? Salomón se perdió tanto que terminó adorando dioses ajenos. Acumuló 700 esposas, 300 concubinas—se degradó profundamente. El hombre más sabio no supo manejar la prosperidad.
Esto me lleva a decir algo que he compartido en consejería: El dinero es corrosivo en sí mismo para todos nosotros, incluyendo quien habla. ¿Qué voy a hacer cuando sé eso? ¿Cómo lo voy a manejar?
Alguien en consejería me dijo: "Cuando mencionaste que pides perdón todos los días, eso me dejó en el piso. No podía creerlo".
Yo le respondí: "Te voy a contar algo de alguien que considero mucho más santo que yo, que vivió una vida de santidad mejor que la mía. Él decía: 'Cuando oro, peco. Cuando predico, peco. Y cuando me arrepiento, peco'".
Se le abrieron los ojos como platos. Dije: "Claro, porque nosotros no sabemos que nuestra condición de pecado es peor de lo que pensamos. Mucho peor de lo que pensamos".
Vivimos midiendo las cosas conforme a nuestros intereses. Pero la verdad es que nuestro estado de pecado es mucho más profundo de lo que imaginamos. Necesitamos reevaluar no solamente qué es lo que Dios llama vida cristiana, sino cómo estoy viviéndola yo.
Creo que 2025 es un buen momento—27 años después de sembrar la iglesia, con dos sermones que nos hablan de lo mismo—para hacer un compromiso: Necesitamos, finalmente y de una vez por todas, vivir el llamado que Dios nos hizo.
¿Cuál es ese llamado? Pedro lo expresa a los desterrados:
"Sed santos en toda vuestra manera de vivir" (1 Pedro 1:15).
Alguien podría preguntar: "Pastor, explícame eso. Está como confuso". Respondo: "¿Cuál es la parte que no entiendes? ¿La parte de 'toda'? ¿La parte de 'manera de vivir'? Sed santo en toda vuestra manera de vivir".
Lo que nos imposibilita vivir de esa manera son los ídolos que hemos creado a través de nuestras pasiones, que fueron creadas por nuestra naturaleza carnal. Esa es la realidad.
En una noche como esta, donde vamos a celebrar, a recordar, a dar gracias por la muerte de Cristo, tenemos que tomar muy en serio nuestra manera de vivir. No puedo vivir una manera que deshonre la mesa y luego participar de la mesa.
La cruz de Cristo es la bisagra que le da vuelta a mi vida. Es la bisagra que le dio vuelta a la vida de Pablo en otra dirección. Es la plomada que mide cómo estoy viviendo, si estoy honrando el compromiso que Dios me entregó.
Hermano, mientras tengamos una vida orientada al "yo", jamás podremos honrar a Cristo.
Recuerda lo que mencioné hace dos domingos después del sermón de Fabio: "Olvídate de ti". Tim Keller escribió un pequeño libro titulado El Beneficio de Olvidarte de Ti Mismo (Practicing the Presence of God Through Spiritual Disciplines).
Dios diseñó la vida cristiana en forma de cruz. Por esa razón él dice: "Toma tu cruz y sígueme". No la mía. Y esa forma crucicéntrica de su llamado involucra toda mi vida.
Si nuestras vidas no lucen definitivamente diferentes a las de aquellos que no siguen a Cristo, no hemos entendido el concepto del cristianismo y del florecimiento cristiano.
Un autor escribió: "No podemos ser un ejemplo para las naciones y al mismo tiempo vivir como las naciones, porque entonces no somos un ejemplo". Estaba pensando en la iglesia como una nación, así como Israel era la nación a la que Dios le llamaba la atención constantemente. Ahora, en el Nuevo Testamento, la iglesia es esa nueva nación.
Este joven me preguntó en consejería: "¿Dónde está la línea divisoria entre el pecado y no pecado para vivir cerca de la línea?". Su papá le respondía: "Tienes que vivir lejos de la línea divisoria". Y el papá agregaba: "Eso me lo enseñó el pastor".
En otras palabras, el papá estaba modelándole al hijo cómo se vive. Le hablé al papá años atrás porque: Cuando caigas, no caigas de este lado de la línea; cae todavía del lado correcto.
Pero lo que te permite vivir cerca de la línea divisoria es preguntar: "¿Qué tiene de malo?" Como no he cruzado hacia allá, dime qué tiene de malo. Pero lo que necesitas es preguntarte: ¿Qué tiene de bueno?
Lot es el ejemplo. Génesis dice que él llegó hasta los límites de Sodoma y Gomorra, tendió sus tiendas hasta el límite. El próximo capítulo dice que vivía en Gomorra. Él no se quedó ahí—cruzó la línea. Y se perdió tanto, se sensibilizó tanto a sus consecuencias.
Todos nosotros estamos insensibilizados al pecado. Las formas normales de la vida cristiana no parecen extremas, pero Lot se sensibilizó tanto que cuando dos seres angelicales aparecieron, todos los hombres de la ciudad se agolparon para tener relaciones con ellos.
Lot les dijo: "No, no, no. Aquí están mis dos hijas, vírgenes. Hagan con ellas como quieran". Mi esposa y yo discutíamos esto, y dije: "Yo ni a dos perritas que tengo en mi casa las daría a una multitud para que hicieran con ellas lo que quisieran. Pero Lot llegó ahí porque se insensibilizó con la exposición al pecado".
Nosotros necesitamos ser cuidadosos de cómo vivimos, hasta dónde nos estamos sensibilizando.
La vida cristiana no tiene atajos. Si lees Hebreos, esa gente sufrió, pasó hambre, algunos fueron encarcelados. Y cuando lees el Sermón del Monte de Cristo—acerca de quiénes son los felices, los bienaventurados—nunca se te hubiese ocurrido que esos fueran los felices:
Los pobres en espíritu, los que lloran, los humildes, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los puros de corazón, los pacificadores, los perseguidos por causa de la justicia.
¿De verdad? ¿Esos son los felices?
Necesitamos leer la Biblia con otra mente y otros ojos, otro entendimiento. Cristo, cuando se encarnó, no vino en gloria. Se encarnó en humillación, en debilidad, en servidumbre.
Quiero que sepas que estas cosas me las digo a mí mismo. Me las recuerdo constantemente. En consejería frecuentemente digo: "No te lo estoy diciendo solo para ti. Te lo estoy diciendo porque mientras te lo digo me lo recuerda a mí".
Tu vida no se trata de ti.
La vida de tus hijos no se trata de ellos. Se trata de Dios. La vida del ateo también se trata de Dios, porque Dios no ha creado nada que no sea para glorificarlo. Y lo que glorifica a Dios es lo que te protege.
Tienes que salir del centro de tu vida para que Cristo lo ocupe.
Escucha Gálatas 2:20 en una traducción antigua que dice: "Con Cristo he sido crucificado. Mas no ya yo"—"Mas no ya yo". Me encanta cómo rima.
"Mas no ya yo; vivo yo, mas no ya yo, vivo en la fe del hijo de Dios" (paráfrasis de Gálatas 2:20).
Ya viví como quise vivir. Ahora morí. Ahora voy a vivir como Cristo quiere que viva. De eso se trata. Ya no yo.
Hermanos, cuando un cristiano o una iglesia pierde el sentido de lo sagrado, ya está lejos de Dios. No es que me alejo y pierdo el sentido de lo sagrado. Es que cuando pierdo el sentido de lo sagrado, esa es la evidencia de que ya estaba lejos de Dios.
Todos los días estoy tratando de hacer correcciones en mi propia vida, recordándome: "La plomada regresa aquí. No aquí. Así no se piensa. Así no se dice. Lo que dijiste no es malo, pero puedes decirlo mejor. Regresa y corrígelo. Por favor, perdón", etcétera.
Ese es mi incentivo: quiero incentivarlo a que no haya nada ordinario acerca de Dios en tu vida. Nada ordinario.
Este es un recordatorio: no debemos tomar la cena del Señor sin habernos preparado antes, para no tomarla indebidamente. Es verdad. Pero ni siquiera lo pensamos mucho. Esto es mensual, es una rutina. Recordemos que no hay nada ordinario acerca de Dios en tu vida.
Kevin DeYoung preguntaba: Verdaderamente, después de nuestros entretenimientos—después de ver películas, de escuchar cosas—¿podemos decirle a Dios sinceramente: "Gracias por el privilegio de haber disfrutado esto"?
Verdaderamente, ¿hemos llegado a creer que después de estos entretenimientos podemos sinceramente decirle a Dios gracias? Seguro hay algunas cosas que pueden ser así. Pero a veces esas cosas buenas han sido disfrutadas con malos corazones, con malas intenciones, o sin que Dios estuviera tan en la mente como Dios quisiera estar.
Esta es nuestra reflexión para hoy: que Cristo sea el centro, no nosotros. Ya no yo, sino Cristo en mí.
Hoy celebramos nuestro primer miércoles del año y nuestra primera Santa Cena juntos. Este es también un momento especial: estamos cumpliendo 27 años como iglesia. Quisiera compartir una reflexión que ha estado pesando en mi corazón durante este tiempo.
Soy muy consciente de que el tiempo de vida que me queda es mucho menor que el tiempo que he servido en esta iglesia. Si Dios me regala 13 años más, tendría alrededor de 80 años. Esto me ha llevado a preguntarme: ¿qué sucederá cuando yo no esté? No porque yo sea la figura responsable—Cristo es quien lo es—pero lo que uno comienza está muy cercano al corazón.
Durante estos últimos domingos, hemos compartido un mensaje consistente. Hace dos semanas, el hermano Fabio nos hablo de Josué, quien enfrentaba la misma preocupación sobre el futuro de Israel después de su partida. Josué les dijo: "Decidid hoy si vais a servir a los dioses que sirvieron vuestros padres...o si vais a servir a los dioses de los cananeos...pero yo y mi casa serviremos a Jehová" (Josué 24).
Hemos estado meditando en esto porque el sermón es efímero. Lo predicamos 45, 50 minutos, la gente dice amén, gloria a Dios, pero luego se olvida. Eso me ha motivado a seguir reflexionando sobre esta verdad al inicio de nuestro año 27.
Hace años escribí un libro titulado Renueva tu Mente. Surgió de una pregunta profunda que alguien me hizo: ¿Cuál es tu mayor frustración en el ministerio pastoral? Respondí con total honestidad:
Lo más frustrante en mis años de pastor ha sido ver la dicotomía entre lo que el cristiano profesa cuando está en la iglesia y la manera como vive el resto de la semana.
Buscando la razón de este "divorcio" tan evidente, descubrí que la mayoría de los cristianos no tienen una mente bíblica. La manera en que pensamos determina la manera en que vivimos. El mero conocimiento de las verdades bíblicas no garantiza un vivir cristiano.
En nuestras mentes se han acumulado mentiras que se han enquistado en nosotros, formando hábitos y fortalezas que nos llevan a comportarnos de maneras difíciles de cambiar. La Palabra de Dios necesita penetrar en nuestra mente y residir allí de forma activa hasta que estas verdades poderosas destruyan las mentiras acumuladas a lo largo de los años.
Las mentiras que hemos creído se transforman en ídolos, y esos ídolos se van apoderando de nuestros afectos. Mientras seguimos declarando a Dios como nuestro primer amor, nuestros afectos por esos ídolos nos llevan a desplazarlo del primer lugar en nuestras vidas.
Hasta el punto en que los ídolos se convierten en nuestro Dios funcional, mientras que al Dios verdadero lo dejamos solamente como nuestro Dios confesional—el Dios que confesamos ante los demás, pero que no es el Dios soberano que determina cómo vivimos.
Esto es lo que surge en mi libro: identificar la causa de lo que podríamos llamar la "doble vida" de muchos creyentes. Una vez descubierto, podemos contribuir a que renueven sus mentes y cambien sus vidas para la gloria de Dios.
Dios nos llamó a amarlo con toda nuestra mente. Por lo tanto, es necesario tener una cosmovisión cristiana que nos lleve a vivir de una manera congruente con nuestro llamado. Necesitamos ver la vida y el mundo tal como Dios lo ve—a través de los lentes de su Palabra—para poder vivir nuestras vidas de manera congruente con su revelación.
La premisa fundamental es que el hombre no conoce lo que es vivir, ni el gozo, ni la felicidad, ni la libertad, ni verse realizado, ni lo que es riqueza conforme al diccionario de Cristo. En otras palabras, Cristo define todas esas cosas de una manera, y nosotros las definimos de otra.
Pablo escribe a Timoteo:
"Enséñales a que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, generosos, prontos a compartir, acumulando para sí el tesoro de un buen fundamento para el futuro, para que puedan echar mano de lo que en verdad es vida" (1 Timoteo 6:18-19).
Tuve una conversación de hora y media con un joven de 17 a 18 años cuyas preguntas giraban alrededor del dinero y el poder político. Pero Pablo está diciendo: No se trata de dinero. Se trata de ser ricos en buenas obras. La manera como Cristo entiende la vida es tan diferente a como nosotros la entendemos.
Esta dicotomía viene desde el jardín del Edén. Adán y Eva expresaron el problema fundamental: nosotros queremos libertad, pero no en los términos de Dios. Queremos libertad en nuestros términos. No queremos que nos limiten nuestros padres, nuestros profesores, nuestros gobiernos, nuestro cónyuge.
Queremos felicidad, pero en nuestros términos. Sin embargo, nuestros términos son los que nos esclavizan. Nos constituimos en juez y parte al mismo tiempo de nuestros propios términos.
Confesamos la fe cristiana en los términos de Cristo. Si alguien nos pregunta: "Define la salvación", respondemos correctamente: Por gracia, por fe solo en Cristo, para la gloria de Dios. Pero vivimos conforme a nuestros propios términos. Lo peor es que sabemos que es así, pero no lo admitimos.
Todos los hombres buscan la felicidad sin excepción. Como dijo Pascal, el matemático francés, es el propósito universal de alcanzar felicidad. La Constitución de Estados Unidos establece que la búsqueda de la felicidad es un derecho inalienable.
Pero la forma como buscamos la felicidad es precisamente lo que nos esclaviza a posesiones y pasiones. Adán y Eva se esclavizaron a sus pasiones y posesiones, y nos esclavizaron a todos.
En 2006 se publicó un libro llamado La Generación del Yo. Tres años después, en 2009, salió La Generación Narcisista. Y en 2012, La Generación del Derecho a Merecerme—la generación que cree que se lo merece todo. Los autores atribuyen esto principalmente a los millennials, nacidos entre 1980 y 2000.
Pero la verdad es que esto ha sido así desde Adán y Eva. Los faraones no vivieron diferente. Los emperadores no vivieron diferente. Salomón no vivió diferente. Es porque tenemos un entendimiento narcisista de la vida.
Mientras busquemos la felicidad en términos horizontales, "desde aquí abajo", continuaremos creando ídolos que entendemos que necesitamos. Y diremos: "Bueno, eso no es malo en sí mismo". Pero necesitamos entender primero qué tiene de bueno antes de afirmar qué tiene de malo.
La forma como nosotros entendemos la libertad es la posibilidad de poder hacer lo que queramos. Pero Dios entiende la libertad como la posibilidad de hacer lo que debiera hacer, lo cual nos evitaría todas las consecuencias que nos traemos nosotros mismos en el ejercicio de nuestra falsa libertad.
Escucha lo que Cristo dijo a la multitud y sus discípulos:
"Si alguien quiere venir conmigo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí y del Evangelio la salvará" (Marcos 8:34-35).
Fíjate que Cristo no dice: "Toma mi cruz". No, esa cruz la estoy tomando yo. Él dice: "Toma su cruz y sígueme".
El comienzo—ni siquiera el principio, sino la ponderación para comenzar a ser discípulo de Cristo—es que primero tienes que negarte a ti mismo. En otras palabras, yo no puedo seguir vivo si yo vivo en ti.
Lo que la cruz nos enseña es que tenemos que perder la vida que siempre pensamos que necesitamos para ganar la vida que siempre quisimos. Si quieres una vida de paz, tienes que morir a tus pasiones, deseos, búsquedas y ambiciones. Si quieres una vida de propósito, de sentido, de significado, de verdadera felicidad—la vida que siempre quisiste—tienes que morir. No puedes seguir con el "yo".
Todos queremos la vida de Pablo. ¿Quién no quisiera tenerla? Lo que no queremos es morir como Pablo murió. Queremos la vida de Pablo viviendo la vida que nosotros queremos.
Pero Pablo escribe a los Gálatas:
"Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gálatas 2:20).
No puedo definitivamente vivir la vida de Pablo si no muero como Pablo.
Pablo escribe a los Corintios:
"Hasta el momento presente pasamos hambre y sed, andamos mal vestidos, somos maltratados y no tenemos dónde vivir. Nos agotamos trabajando con nuestras propias manos. Cuando nos ultrajan, bendecimos. Cuando somos perseguidos lo soportamos. Cuando hablan mal de nosotros, tratamos de reconciliar. Hemos llegado a ser hasta ahora la basura del mundo, el desecho de todos" (1 Corintios 4:11-13).
La cruz de Cristo realmente le dio forma a la vida de Pablo. Si pudieras pensar en la forma de vida de Pablo, tienes que poner la cruz en el centro. Esa fue su vida—moldeada por la cruz.
Pablo dijo: "Ves cómo trajeron a Cristo a la cruz como basura? Así me han tratado a mí. Somos el desecho del mundo. Como trajeron al Maestro, así me traen a mí. Y poco es lo que me hagan".
Si realmente queremos la vida que siempre quisimos, si realmente queremos tener la ley de Dios por sabiduría, si realmente queremos cantar verazmente que viviremos nuestros días para Él, necesitamos renunciar a nosotros mismos. Tenemos que morir a nosotros mismos.
Esto implica renunciar a nuestros privilegios, a nuestros derechos, al deseo de herir a otros cuando somos heridos. El cristiano sabe que la felicidad se encuentra en el camino al Calvario porque Cristo nos manda que muramos antes de comenzar.
Cualquier otro camino te lleva a la esclavitud de tus pasiones, deseos y ambiciones. Te lleva a la esclavitud de los ídolos de tu corazón.
Vemos la cruz de Cristo, su humillación, cómo él perdona al Padre que lo está humillando. Pero cuando alguien nos humilla de la forma más pequeña, decimos: "No tengo que soportar eso". Cristo merece ser humillado para que yo sea salvo. Yo tengo que soportar esa humillación.
¿Te das cuenta de la dicotomía con la que vivimos? Vivimos como si Cristo mereciera más humillación que yo, y yo mereciera más privilegios que él. Sé que no lo piensas así, pero vivimos así.
Si yo no estoy dispuesto a perdonar, a tolerar, a ser humillado, a ser herido, a ser ultrajado, a ser rechazado como a Cristo lo rechazaron, y luego proclamo todo lo que le hicieron a Cristo diciendo "¡Mira la gracia, el amor y la misericordia!", pero yo no hago eso, entonces obviamente pienso que él merece ser humillado más que yo.
Martín Lutero escribió hace 500 años sobre dos teologías. La teología de la gloria pretende vivir en términos de victorias, éxito y prosperidad. Pero el problema es que la iglesia frecuentemente vive en la teología de la gloria.
Cristo, cuando se encarnó, no vino en gloria. Se encarnó en humillación, en debilidad, en servidumbre. Eso es la teología de la cruz.
Lutero dijo algo profundo: Si viviéramos la teología de la cruz, daríamos gracias por cualquier cosa que nos humillara. Si viviéramos la teología de la cruz, el fracaso se convertiría en un amigo y nuestros egos en nuestros enemigos.
La cruz es el camino extraño hacia Dios.
Un teólogo de la cruz ve el sufrimiento como una señal de que Dios está sanando nuestra idea distorsionada de quién es él y cómo funciona. Deuteronomio 8 nos dice que la prosperidad material sin humildad es fatal. Frecuentemente requiere una disciplina dolorosa como señal del cuidado paternal de Dios para nuestras almas.
La prosperidad ha sido la ruina de muchas vidas.
Salomón fue el hombre más sabio que jamás había vivido. En un momento dado, tuvo una conexión con Dios tan increíble que Dios le dijo: "Pídeme lo que quieras. Toma un cheque en blanco".
Pero Salomón respondió: "Yo quiero una sola cosa. Quiero sabiduría para gobernar tu pueblo". No podía ser más Dios-céntrico que eso.
Dios le dijo: "Esa petición es tan impresionante que te haré el hombre más sabio que haya vivido. Pero porque no has pedido oro, plata ni fama, te daré todo eso también".
¿Sabes lo que pasó? Salomón se perdió tanto que terminó adorando dioses ajenos. Acumuló 700 esposas, 300 concubinas—se degradó profundamente. El hombre más sabio no supo manejar la prosperidad.
Esto me lleva a decir algo que he compartido en consejería: El dinero es corrosivo en sí mismo para todos nosotros, incluyendo quien habla. ¿Qué voy a hacer cuando sé eso? ¿Cómo lo voy a manejar?
Alguien en consejería me dijo: "Cuando mencionaste que pides perdón todos los días, eso me dejó en el piso. No podía creerlo".
Yo le respondí: "Te voy a contar algo de alguien que considero mucho más santo que yo, que vivió una vida de santidad mejor que la mía. Él decía: 'Cuando oro, peco. Cuando predico, peco. Y cuando me arrepiento, peco'".
Se le abrieron los ojos como platos. Dije: "Claro, porque nosotros no sabemos que nuestra condición de pecado es peor de lo que pensamos. Mucho peor de lo que pensamos".
Vivimos midiendo las cosas conforme a nuestros intereses. Pero la verdad es que nuestro estado de pecado es mucho más profundo de lo que imaginamos. Necesitamos reevaluar no solamente qué es lo que Dios llama vida cristiana, sino cómo estoy viviéndola yo.
Creo que 2025 es un buen momento—27 años después de sembrar la iglesia, con dos sermones que nos hablan de lo mismo—para hacer un compromiso: Necesitamos, finalmente y de una vez por todas, vivir el llamado que Dios nos hizo.
¿Cuál es ese llamado? Pedro lo expresa a los desterrados:
"Sed santos en toda vuestra manera de vivir" (1 Pedro 1:15).
Alguien podría preguntar: "Pastor, explícame eso. Está como confuso". Respondo: "¿Cuál es la parte que no entiendes? ¿La parte de 'toda'? ¿La parte de 'manera de vivir'? Sed santo en toda vuestra manera de vivir".
Lo que nos imposibilita vivir de esa manera son los ídolos que hemos creado a través de nuestras pasiones, que fueron creadas por nuestra naturaleza carnal. Esa es la realidad.
En una noche como esta, donde vamos a celebrar, a recordar, a dar gracias por la muerte de Cristo, tenemos que tomar muy en serio nuestra manera de vivir. No puedo vivir una manera que deshonre la mesa y luego participar de la mesa.
La cruz de Cristo es la bisagra que le da vuelta a mi vida. Es la bisagra que le dio vuelta a la vida de Pablo en otra dirección. Es la plomada que mide cómo estoy viviendo, si estoy honrando el compromiso que Dios me entregó.
Hermano, mientras tengamos una vida orientada al "yo", jamás podremos honrar a Cristo.
Recuerda lo que mencioné hace dos domingos después del sermón de Fabio: "Olvídate de ti". Tim Keller escribió un pequeño libro titulado El Beneficio de Olvidarte de Ti Mismo (Practicing the Presence of God Through Spiritual Disciplines).
Dios diseñó la vida cristiana en forma de cruz. Por esa razón él dice: "Toma tu cruz y sígueme". No la mía. Y esa forma crucicéntrica de su llamado involucra toda mi vida.
Si nuestras vidas no lucen definitivamente diferentes a las de aquellos que no siguen a Cristo, no hemos entendido el concepto del cristianismo y del florecimiento cristiano.
Un autor escribió: "No podemos ser un ejemplo para las naciones y al mismo tiempo vivir como las naciones, porque entonces no somos un ejemplo". Estaba pensando en la iglesia como una nación, así como Israel era la nación a la que Dios le llamaba la atención constantemente. Ahora, en el Nuevo Testamento, la iglesia es esa nueva nación.
Este joven me preguntó en consejería: "¿Dónde está la línea divisoria entre el pecado y no pecado para vivir cerca de la línea?". Su papá le respondía: "Tienes que vivir lejos de la línea divisoria". Y el papá agregaba: "Eso me lo enseñó el pastor".
En otras palabras, el papá estaba modelándole al hijo cómo se vive. Le hablé al papá años atrás porque: Cuando caigas, no caigas de este lado de la línea; cae todavía del lado correcto.
Pero lo que te permite vivir cerca de la línea divisoria es preguntar: "¿Qué tiene de malo?" Como no he cruzado hacia allá, dime qué tiene de malo. Pero lo que necesitas es preguntarte: ¿Qué tiene de bueno?
Lot es el ejemplo. Génesis dice que él llegó hasta los límites de Sodoma y Gomorra, tendió sus tiendas hasta el límite. El próximo capítulo dice que vivía en Gomorra. Él no se quedó ahí—cruzó la línea. Y se perdió tanto, se sensibilizó tanto a sus consecuencias.
Todos nosotros estamos insensibilizados al pecado. Las formas normales de la vida cristiana no parecen extremas, pero Lot se sensibilizó tanto que cuando dos seres angelicales aparecieron, todos los hombres de la ciudad se agolparon para tener relaciones con ellos.
Lot les dijo: "No, no, no. Aquí están mis dos hijas, vírgenes. Hagan con ellas como quieran". Mi esposa y yo discutíamos esto, y dije: "Yo ni a dos perritas que tengo en mi casa las daría a una multitud para que hicieran con ellas lo que quisieran. Pero Lot llegó ahí porque se insensibilizó con la exposición al pecado".
Nosotros necesitamos ser cuidadosos de cómo vivimos, hasta dónde nos estamos sensibilizando.
La vida cristiana no tiene atajos. Si lees Hebreos, esa gente sufrió, pasó hambre, algunos fueron encarcelados. Y cuando lees el Sermón del Monte de Cristo—acerca de quiénes son los felices, los bienaventurados—nunca se te hubiese ocurrido que esos fueran los felices:
Los pobres en espíritu, los que lloran, los humildes, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los puros de corazón, los pacificadores, los perseguidos por causa de la justicia.
¿De verdad? ¿Esos son los felices?
Necesitamos leer la Biblia con otra mente y otros ojos, otro entendimiento. Cristo, cuando se encarnó, no vino en gloria. Se encarnó en humillación, en debilidad, en servidumbre.
Quiero que sepas que estas cosas me las digo a mí mismo. Me las recuerdo constantemente. En consejería frecuentemente digo: "No te lo estoy diciendo solo para ti. Te lo estoy diciendo porque mientras te lo digo me lo recuerda a mí".
Tu vida no se trata de ti.
La vida de tus hijos no se trata de ellos. Se trata de Dios. La vida del ateo también se trata de Dios, porque Dios no ha creado nada que no sea para glorificarlo. Y lo que glorifica a Dios es lo que te protege.
Tienes que salir del centro de tu vida para que Cristo lo ocupe.
Escucha Gálatas 2:20 en una traducción antigua que dice: "Con Cristo he sido crucificado. Mas no ya yo"—"Mas no ya yo". Me encanta cómo rima.
"Mas no ya yo; vivo yo, mas no ya yo, vivo en la fe del hijo de Dios" (paráfrasis de Gálatas 2:20).
Ya viví como quise vivir. Ahora morí. Ahora voy a vivir como Cristo quiere que viva. De eso se trata. Ya no yo.
Hermanos, cuando un cristiano o una iglesia pierde el sentido de lo sagrado, ya está lejos de Dios. No es que me alejo y pierdo el sentido de lo sagrado. Es que cuando pierdo el sentido de lo sagrado, esa es la evidencia de que ya estaba lejos de Dios.
Todos los días estoy tratando de hacer correcciones en mi propia vida, recordándome: "La plomada regresa aquí. No aquí. Así no se piensa. Así no se dice. Lo que dijiste no es malo, pero puedes decirlo mejor. Regresa y corrígelo. Por favor, perdón", etcétera.
Ese es mi incentivo: quiero incentivarlo a que no haya nada ordinario acerca de Dios en tu vida. Nada ordinario.
Este es un recordatorio: no debemos tomar la cena del Señor sin habernos preparado antes, para no tomarla indebidamente. Es verdad. Pero ni siquiera lo pensamos mucho. Esto es mensual, es una rutina. Recordemos que no hay nada ordinario acerca de Dios en tu vida.
Kevin DeYoung preguntaba: Verdaderamente, después de nuestros entretenimientos—después de ver películas, de escuchar cosas—¿podemos decirle a Dios sinceramente: "Gracias por el privilegio de haber disfrutado esto"?
Verdaderamente, ¿hemos llegado a creer que después de estos entretenimientos podemos sinceramente decirle a Dios gracias? Seguro hay algunas cosas que pueden ser así. Pero a veces esas cosas buenas han sido disfrutadas con malos corazones, con malas intenciones, o sin que Dios estuviera tan en la mente como Dios quisiera estar.
Esta es nuestra reflexión para hoy: que Cristo sea el centro, no nosotros. Ya no yo, sino Cristo en mí.